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domingo, 27 de mayo de 2018

The Catcher in the Rye

El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye), es una novela de J. D. Salinger. Al publicarse en 1951 en los Estados Unidos, la novela provocó numerosas controversias por su lenguaje provocador y por retratar sin tapujos la sexualidad y la ansiedad adolescentes. Es considerado por numerosos expertos como uno de los libros más importantes del siglo XX.


Impacto social: 
Treinta años después de su publicación en 1951, El guardián entre el centeno era tanto el libro más prohibido, como el segundo más estudiado como lectura obligatoria en los institutos estadounidenses. En la década de 1990 fue el nº 10 en la lista de libros más leídos en su país según la Asociación de Bibliotecas Estadounidenses5​ y en el año 2005 se mantuvo entre los diez primeros.
Se han vendido más de 60 millones de copias de la novela. Cada año se venden 250000 ejemplares

Varios asesinos famosos tomaron el libro como referencia:
  • Mark David Chapman el día que mató a John Lennon, había comprado un ejemplar de este libro y escribió en él: «esta es mi declaración». Tras matar al ex Beatle, sacó la novela y se quedó leyéndola hasta que llegó la policía y lo arrestó. En su declaración a la policía tres horas después, Chapman dijo: «Estoy seguro de que la mayor parte de mí es Holden Caulfield, el personaje principal del libro. El resto de mí debe ser el Diablo.»
  • John Hinckley Jr, que intentó asesinar a Ronald Reagan en 1981, declaró que estaba obsesionado con el libro.
  • Robert John Bardo, quien en julio de 1989 asesinó a la joven actriz Rebecca Schaeffer llevaba consigo una copia de esta novela de Salinger.




 Algunas citas:
  • "Odio vivir en Nueva York, odio los taxis y los autobuses de Madison Avenue, con esos conductores que siempre te están gritando que te bajes por la puerta de atrás, y odio que me presenten a tíos que dicen que los Lunt son unos ángeles, y odio subir y bajar siempre en ascensor, y odio a los tipos que me arreglan los pantalones en Brooks, y que la gente no pare de decir...”
  • "¿Te has hartado alguna vez de todo? - le dije -"
  • “No importa que la sensación sea triste o hasta desagradable, pero cuando me voy de un sitio me gusta darme cuenta de que me marcho. Si no luego me da más pena todavía”
  • “La vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo con las reglas del juego.”
  • "De partida un cuerno. Menuda partida. Si te toca el lado de los que cortan el bacalao, desde luego que es una partida, lo reconozco. Pero si te toca del otro lado, no veo dónde está la partida. En ninguna parte. Lo que es de partida, nada."
  • “Me alegro de que inventaran la bomba atómica: así si necesitan voluntarios para ponerse debajo cuando la lancen, puedo presentarme el primero”
  • “Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras”
  • “Aquel hotel estaba lleno de maníacos sexuales. Yo era problamente la persona más normal de todo el edificio, lo que les dará una idea aproximada de la jaula de grillos que era aquello”
  • “No hay sala de fiestas en el mundo entero que se pueda soportar mucho tiempo a no ser que pueda uno emborracharse o que vaya con una mujer que le vuelva loco de verdad”
  • “Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de ésas”
  • “No sé por qué hay que dejar de querer a una persona sólo porque se ha muerto. Sobre todo si era cien veces mejor que los que siguen viviendo”
  • “Lo que haría sería hacerme pasar por sordomudo y así no tendría que hablar. Si querían decirme algo, tendrían que escribirlo en un papelito y enseñármelo. Al final se hartarían y ya no tendría que hablar el resto de mi vida. Pensarían que era un pobre hombre y me dejarían en paz.”
  • “He conocido a más pervertidos, en colegios y todo eso, que nadie haya conocido nunca, y siempre les da por ser pervertidos cuando yo estoy allí”
  • “Si yo fuera pianista, tocaría dentro de un maldito armario”
  • “Si haces algo bien, o te andas con cuidado o pronto querrás empezar a lucirte y entonces ya no eres tan bueno”
  • “Yo la uso para cazar personas” (En referencia a una gorra de cazador que Holden acababa de comprar)
  • “No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo”
  • Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura”
  • “Antes yo era tan tonto que la consideraba inteligente porque sabía bastante de literatura y de teatro, y cuando alguien sabe de esas cosas cuesta mucho trabajo llegar a averiguar si es estúpido o no. En el caso de Sally me llevó años enteros darme cuenta de que lo era. Creo que lo hubiera sabido mucho antes si no hubiéramos pasado tanto tiempo besándonos y metiéndonos mano.”
  • "Cuando ya había cerrado la puerta y volvía hacia el salón me gritó algo pero no lo oí muy bien. Estoy casi seguro de que me gritó "buena suerte" Espero que no, Dios quiera que no. Yo nunca le gritaría a alguien "buena suerte" Si lo piensas bien suena horrible.
  • "La mayoría de la gente se vuelve loca por los coches. Se preocupan si les hacen un arañazo y siempre están hablando de cuántos kilómetros hacen por litro de gasolina, y no han acabado de comprarse uno y ya están pensando en cambiarlo por otro más nuevo. A mí ni siquiera me gustan los viejos. Quiero decir que no me interesan nada. Preferiría tener un maldito caballo. Por lo menos los caballos son humanos, por el amor de Dios."
  • "Creo que ése es el problema que tengo. Por dentro debo ser el peor pervertido que han visto en su vida. A veces pienso en un montón de cosas raras que no me importaría nada hacer si tuviera la oportunidad."
  • "Pero lo que me pasa es que no me gusta la idea. Si se analiza bien, es bastante absurda. Si la chica no te gusta, entonces no tiene sentido hacer nada con ella, y si te gusta de verdad, te gusta su cara y no quieres llenársela de agua."
  • "Eso del sexo es algo que no acabo de entender del todo."
  • "Por ejemplo, yo me paso el día imponiéndome límites que luego cruzo todo el tiempo."
  • "Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco."
  • "Lo que más me gusta de un libro es que te haga reír un poco de vez en cuando."
  • "'Encantadores'. Esa sí es una palabra que no aguanto. Suena tan falsa que me dan ganas de vomitar cada vez que la oigo."
  • "No hay quien pare a un profesor cuando se empeña en una cosa. Lo hacen por encima de todo."
  • "Tuve suerte. Pude estar diciéndole a Spencer un montón de estupideces y al mismo tiempo pensar en los patos del Central Park. Es curioso, pero cuando se habla con un profesor no hace falta concentrarse mucho."
  • "El cuerpo de la mujer es como un violín y que hay que ser muy buen músico para arrancarle las mejores notas."
  • "Eso es lo malo de estar tan deprimido. Que no puede uno ni pensar."
  • "Para conocer a una chica no hace falta acostarse con ella."
  • "Recuerdo que una vez le pregunté a Childs si creía que Judas, el traidor, había ido al infierno."
  • "Le dije que apostaría mil dólares a que Cristo no había mandado a Judas al infierno, y hoy los seguiría apostando si los tuviera."
  • "Si quieren que les diga la verdad, no aguanto a los curas."
  • "No veo por qué no pueden predicar con una voz corriente y normal. Suena de lo más falso."
  • "Nunca puedo rezar cuando quiero. En primer lugar porque soy un poco ateo. Jesucristo me cae bien, pero con el resto de la Biblia no puedo."
  • "No crean que criticó a los católicos. Estoy casi seguro de que si yo lo fuera haría exactamente lo mismo."
  • "Hay cosas que no deberían cambiar, cosas que uno debería poder meter en una de esas vitrinas de cristal y dejarlas allí tranquilas. Sé que es imposible, pero es una pena. En fin, eso es lo que pensaba mientras andaba."
  • "En el momento en que la ví me entraron ganas de casarme con ella."
  • "¿Llego tarde? Le dije que no, aunque la verdad es que se había retrasado diez minutos. Pero no me importaba. Todos esos chistes del Saturday Evening Post en que aparecen unos tíos esperando en las esquinas furiosos porque no llega su novia, son tonterías. Si la chica es guapa, ¿a quién le importa que llegue tarde? Cuando aparece se le olvida a uno en seguida.”
  • "¿Has pensado alguna vez que a menos que hicieras algo enseguida el mundo se te venía encima?"
  • "Tienes que estudiar justo lo suficiente para poder comprarte un Cadillac algún día, tienes que fingir que te importa si gana o pierde el equipo del colegio, y tienes que hablar todo el día de chicas, alcohol y sexo."




LOS TEMAS:


Sinceridad.


Holden desprecia los convencionalismos sociales, los gestos cotidianos que, faltos de sinceridad, no son más que normas de educación o actos de conveniencia. A menudo se queja  de las palabras que, como "fantástico" o "estupendo", emplean los personajes con los que se encuentra y con las que éstos  aparentan siempre actitudes positivas ante la vida y ante los demás. Cuando Holden acude a un concierto o a una representación teatral, no puede evitar ver, tras los actores y los músicos y las poses con que estos se muestran, a la gente común que está deseando fumarse un cigarrillo o hacer descansar los pies en cuanto termine la representación. El joven errante aborrece cuanto el espectáculo tiene de falso, de pose y de representación.
A Sally Hayes, la chica con la que sale en New York, le propone en un momento dado casarse con ella, viajar y disfrutar de la vida; ella, como le dirá más adelante, "le da cien patadas", pero el joven insiste en repetirnos que, en el momento de hacerle esa propuesta, de verdad estaba sintiendo lo que decía; es sólo que se trataba más de un deseo que de una proposición seria. Por eso Holden no tiene problema en hablarle al final en términos muy duros y expresarle su desprecio, mezclado con compasión y también arrepentimiento por al trato infligido.


Fantasías e ilusiones.


A menudo el protagonista proyecta sus deseos y sueños sobre la realidad circundante, como en el caso anteriormente expuesto, en que fantasea con la idea de vivir tranquilo con Sally Hayes y recorrer el mundo, o, con mayor dosis de irrealidad, se imagina a sí mismo como un pistolero vengador que encaja dos balazos en el cuerpo del portero proxeneta que acaba de robarle y golpearlo. A este tipo de fantasías pertenece la imagen que da título al libro.


Teatro, cine y música.


El jazz es un arte propio de intelectuales que se pone de moda en los años cincuenta. Aunque Holden ha sido expulsado del colegio, muestra siempre una predisposición muy buena hacia las artes y la cultura. A menudo habla de cine y de música como un experto capaz de discernir lo verdaderamente bueno de aquello que el público consumista se traga sin digerir. Suele reflejar los comentarios estúpidos con los que el público alaba a los artistas famosos. Afirma que odia el cine, pero lo cierto es que sabe apreciar una obra de calidad. Holden cita con frecuencia nombres de artistas, cuya trayectoria conoce, al parecer, de antiguo, a pesar de su corta edad, y se queja de los que, conscientes de su éxito e incluso de su valía, caen en un comportamiento de divos que lo alejan de la sinceridad necesaria para los verdaderos artistas.


Literatura.


Holden es un gran lector o, al menos, un lector ávido. Aunque El guardián entre el centeno trata de respetar la verosimilitud de los gustos y preferencias de un muchacho de la edad de Holden, con frecuencia aparecen en la novela críticas literarias (Adiós a las armas, por ejemplo, novela escrita en 1929 por Ernest Hemingway) puestas en boca del protagonista, que comenta los títulos de su agrado. Por otra parte, uno de los primeros rasgos autobiográficos que nos ofrece el protagonista es la relación con su hermano, escritor que "se ha vendido" a Hollywood: allá obtendrá una bollante posición económica y social, con todo tipo de lujos y decadentes placeres, pero esa elección lo aleja irremisiblemente de su hermano, el cual desprecia semejante actitud tanto como a quienes no hacen más que hablarle de aquél.


Cultura.


Además de la Literatura y las otras artes, Holden se interesa por otros aspectos de la cultura. Una mañana se acerca al museo de Historia Natural de Nueva York, con la excusa de ir a ver a alguien, aunque sabe perfectamente que esa persona no se encuentra allí. Finalmente se dará la vuelta antes de entrar, e incluso expresará su repulsión a hacerlo, pero antes de volverse nos narra una gran cantidad de recuerdos agradables evocados por aquellas vitrinas llenas de objetos interesantes, conocidos de sobra por él.


Por otro lado, la relación con la cultura se asemeja muchísimo a la actitud propia de los artistas de la Beat Generation y otros intelectuales asociados: se trata de un acercamiento diferente al oficial, marginal y voluntariamente provocador, con grandes dosis de excentricidad y contradicción, y para nada pulcro: como Kerouak y los demás, Holden es bebedor y está muy interesado por el sexo. De hecho, es éste el tema con el que trata de entablar conversación con el personaje que él considera más intelectual de todos: Carl Luce, tres años mayor, muy inteligente y con un vocabulario que admira abiertamente. Luce se comporta con Holden de manera muy despectiva; apenas le dedica tiempo, a pesar de que Holden le suplica su atención y su ayuda, y se niega a seguir la conversación. Aún así, Holden se despide de él con admiración: "¡Qué tío, el tal Luce! No había quien le aguantara, pero la verdad es que se expresaba estupendamente. Cuando estábamos en Whooton él era el que tenía el mejor vocabulario de todo el colegio. De verdad. Nos hicieron un examen y todo." Carl Luce se muestra, pues, tan despreciable como otros personajes que Holden acribilla, pero, al menos, no es un ser falso; además, sus méritos  intelectuales parecen eximirlo de toda culpa.


El ocio.


Caso muy diferente del de la cultura con mayúsculas es el de los espectáculos y actividades de ocio. Holden acude a tales espectáculos como un ritual para relacionarse con otra gente (como cuando lleva a Hayes al teatro), pero los desprecia abiertamente y sin reservas. Por las páginas del libro aparecen además otras actividades como las de la pista de patinaje, el parque o las salas de fiestas, lugares propios de la sociedad de consumo de masas, donde la gente se amontona para entregarse a actividades despreciables y hablar de los temas insustanciales que asquean a Holden.


Nueva York.


La ciudad aparece como un personaje más. Holden la conoce como la palma de su mano y se mueve por ella, casi siempre en taxi, como pez en el agua, no obstante su corta edad. Así nos lleva por el parque, los museos, las calles, cuyas denominaciones (nombres o números) conoce incluso más allá de los suburbios. Nos presenta, asimismo, salas de fiestas, bares, teatros, restaurantes y escenarios propios de la vida adulta. Moviéndose por las calles de Nueva York, Holden parece más un perro viejo que un adolescente perdido.


Alcohol y sexo.


Allá donde va, el joven trata de obtener consumiciones de whisky u otras bebidas alcohólicas, aunque casi siempre se la deniegan, al ser evidente que se trata de un menor de edad. En su actitud ante el alcohol y otros vicios, Holden se comporta siempre como los viriles actores de las películas de cine negro de los años cuarenta y cincuenta: Humphrey Bogart, Brando, etc.; sin embargo, logra que el lector no lo perciba como una pose forzada, sino como un atributo de su desengañada personalidad. Holden reconoce ser virgen y, sin embargo, no vacila en contratar los servicios de una prostituta, a la que finalmente rechaza sin demasiados titubeos; a cambio, su virilidad queda aparentemente a salvo gracias a la entereza con que encaja los golpes del portero matón.


Religión.


A veces aparece la religión como un tema de menor importancia. El chico lo vive casi como un capricho de algunos sectores de la sociedad, los cuales parecen defender su credo como una seña de identidad, equiparable al estatus social, las preferencias musicales o la universidad en la que han estudiado otros. En cambio, Holden se revela como un ser espiritual cuando trata de conversar con Luce sobre sexo: ahí nos explica que rechazó a la prostituta porque él busca en el sexo una suerte de unión espiritual que se una a la comunión física.


La infancia


Holden ama la infancia porque está libre de la hipocresía y del protocolo de los adultos. El choque de esa inocencia y espontaneidad con la realidad que habitualmente lo circunda le provoca graves crisis de nostalgia y desilusión contemplativa. Su hermana Phoebe, que tiene solo diez años, es para él una referencia de más peso que cualquier adulto, y su único cariño absoluto. Bien es verdad que Phoebe posee una madurez y una lucidez propias de un adulto, pero es la sinceridad infantil lo que la convierte, a ojos de Holden, en un ser infalible, en el cual se puede confiar.





miércoles, 16 de mayo de 2018

La obra y su contexto


1. ¿Conoces a este primo de Miguel Ángel Nogales?:


2. Ordena cronológicamente estos hechos de la historia de los Estados Unidos de América: 

  • Ley seca
  • Macartismo
  • Gran Depresión
  • American way of life
  • New Deal
 New Deal (literalmente en castellano: «Nuevo trato») es el nombre dado a la política intervencionista del presidente Franklin D. Roosevelt, puesta en marcha para luchar contra los efectos de la Gran Depresión en Estados Unidos. Entre 1933 y 1938, el gobierno realizó inversiones importantes para lograr una nueva distribución de los recursos y del poder, reformar los mercados financieros y redinamizar una economía estadounidense herida desde el Crac del 29 por el desempleo y las quiebras en cadena. Se pueden encontrar leyes de reforma de los bancos, programas de asistencia social urgente, programas de ayuda para el trabajo y programas agrícolas.  Aunque la Corte Suprema juzgó numerosas reformas como inconstitucionales, su éxito es innegable en el plano social. La política llevada por el presidente Franklin D. Roosevelt cambió el país mediante reformas y no mediante una revolución. A pesar de las críticas sobre sus eficacia, el New Deal permitió un mejoramiento de la democracia estadounidense en los años siguientes y que perdura hasta la actualidad.

Durante sus diez años de mandato, el senador republicano Joseph Raymond  instigó una cruzada anticomunista, titulándose defensor de los auténticos valores americanos entre 1950 y 1956. Gente de los medios de comunicación, del gobierno, militares y funcionarios fueron acusados por McCarthy como sospechosos de espionaje soviético o de simpatizantes del comunismo.
El término «macarthismo» ha sido empleado después como sinónimo de «caza de brujas», para referirse, en general, a cualquier actividad gubernamental dirigida a suprimir puntos de vista políticos o sociales no favorables, a menudo limitando o suspendiendo derechos civiles alegando la necesidad de mantener la seguridad nacional.

La Gran depresión fue una crisis económica mundial que se prolongó durante la década de 1930, en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial.
La Gran Depresión se originó en los Estados Unidos, a partir de la caída de la bolsa del 29 de octubre de 1929, y rápidamente se extendió a casi todos los países del mundo.
La depresión tuvo efectos devastadores en casi todos los países, ricos y pobres. La renta nacional, los ingresos fiscales, los beneficios y los precios cayeron, y el comercio internacional descendió entre un 50 y un 66%. El desempleo en los Estados Unidos aumentó al 25%, y en algunos países alcanzó el 33%. Ciudades de todo el mundo se vieron gravemente afectadas, especialmente las que dependían de la industria pesada, y la construcción se detuvo prácticamente en muchas áreas. La agricultura y las zonas rurales sufrieron la caída de los precios de las cosechas que alcanzó aproximadamente un 60%


La ley seca, al prohibir el alcohol y no dar respuesta a la demanda existente, puede favorecer la generación de mercados negros y dinero negro. La prohibición más importante y mediática fue la de los Estados Unidos, donde tuvo lugar un auge considerable del crimen organizado.  Un año después de la ratificación de esta enmienda quedaron prohibidas la manufactura, venta, transporte, importación y exportación de licores intoxicantes para ser usados como bebida en los Estados Unidos y en todo territorio sometido a su jurisdicción.


La crisis económica  producida tras la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión, así como la entrada en vigor de la ley seca, con el subsiguiente desarrollo del crimen organizado y del gangsterismo, dan lugar a numerosas historias policiacas de la novela y el cine negros, que recrearán personajes tales como  Al Capone (en "Los intocables", por ejemplo) u otros jefes mafiosos estadounidenses.

3. Indica cuáles de estas características del género están presentes en esta escena de El sueño eterno, basada en la novela de Dashiel Hammet:
Rasgos de la novela negra: 
  • Es de tipo realista, con descripciones de la sociedad que llegan a ser naturalistas o impresionistas.
  • Muestra el lado oscuro de la realidad.
  • Está protagonizada por antihéroes: detectives o asesinos escépticos, duros y poco heroicos; cínicos y desencantados, sin trabajo y sin dinero.
  • Lo importante es el retrato social: mostrar los conflictos del alma humana y denunciar las zonas en sombra de  nuestro mundo. Importa menos la resolución del misterio detectivesco.
  • Técnicas de narración: escamotear la información y dosificarla, manejando al lector.
  • Ambientes sórdidos de los bajos fondos, donde acontece el crimen: atmósfera asfixiante de miedo, inseguridad, , violencia, injusticia y corrupción política. 
  • Desarrollo de la acción rápido y violento: adquiere más importancia que el análisis del asesinato.
  •  El detective y el criminal cruzan con frecuencia la frontera entre el bien y el mal.
  • El móvil del crimen suele ser una debilidad humana: envidia, odio, codicia, lujuria, etc.




Patricia Highsmith

Nació el 19 de enero de 1921 en Forth Worth, Texas, con el nombre de Mary Patricia
Plangman. Sus padres se separaron antes de que naciese. Tuvo una infancia con turbulencias, sobre todo por la relación demoledora de amor y odio con su madre, que duraría toda la vida, y que estará presente en toda su obra: así, por ejemplo, en el relato The terrapin, donde un joven apuñala a su madre.
Fue cuidada por sus abuelos, especialmente por su idolatrada abuela materna, que se encargó de su educación hasta los seis años. Tuvo siempre un sentimiento de abandono. El apellido Highsmith proviene de su padrastro, Stanley Highsmith, al que consideró su verdadero padre, aunque también lo odió por haberle robado el amor de su madre. A su verdadero padre biológico, de ascendencia alemana, no lo conoció hasta los doce años. 
En 1927 se trasladó con su madre a Nueva York, donde pasó su juventud.

Lee ahora estos fragmentos de El talento de Mr Ripley y compara la vida del personaje con la de la propia autora: 
Una tarde, a primera hora, escribió una carta llena de cortesía a su tía Dottie:
Querida tiíta (raramente la llamaba así al escribirle, y mucho menos cara a cara):
Como verás por el membrete del papel, estoy en alta mar. Se trata de una inesperada oportunidad de negocios de la que no puedo hablarte
ahora. Tuve que partir un tanto precipitadamente, así que no me fue posible ir a Boston para despedirme, y lo siento porque puede que transcurran
meses, incluso años, antes de que regrese.
Sólo quería tranquilizarte y pedirte que no me mandes más cheques. Te agradezco mucho el último que me mandaste, hace uno o dos meses.
Supongo que desde entonces no habrás mandado ningún otro. Estoy bien y muy feliz. Besos,
Tom
De nada servía desearle buena salud, pues la tía Dottie era fuerte como un buey. Escribió una posdata:
P.D. No tengo la menor idea de cuál va a ser mi dirección, de modo que no puedo darte ninguna.
Aquello le hizo sentirse mejor, ya que le desligaba completamente de ella. Ni siquiera era necesario decirle dónde estaba. Se habían acabado las cartas llenas de
mal disimulados reproches, las taimadas comparaciones con su padre, los insignificantes cheques por importes tan extravagantes como seis dólares con cuarenta y ocho
centavos, o doce dólares con noventa y cinco, como si fueran el cambio sobrante tras pagar sus facturas mensuales, o como si hubiese devuelto algo a la tienda,
arrojándole luego el importe, igual que si arrojase unas migajas a un perro vagabundo. Teniendo en cuenta lo que la tía Dottie, con sus rentas, hubiera podido mandarle,
aquellos cheques eran un insulto. La tía Dottie decía siempre que su educación le había costado mucho más que el seguro dejado por su padre al morir, y tal vez así
era, pero ¿qué sacaba con restregárselo constantemente por la cara? ¿Era propio de seres humanos echarle aquello en cara a un niño? Muchas tías, incluso personas
ajenas a la familia, cuidaban de la educación de algún huérfano, y lo hacían gustosamente.
Concluida la carta a la tía Dottie, Tom se levantó y paseó a grandes zancadas por cubierta, para calmar su enojo. Siempre se ponía furioso cuando escribía a su
tía, tal vez por tener que hacerlo cortésmente. Y, peso a ello, hasta entonces siempre había querido que ella supiese dónde estaba, porque siempre había necesitado sus
mezquinos cheques. Numerosas veces había tenido que escribirle para comunicarle sus cambios de domicilio. Pero ya no necesitaba su dinero. Nunca más dependería
de él.
De pronto se acordó de un verano, cuando tenía doce años, en que había salido de excursión con la tía Dottie y una amiga de ésta. Se encontraron atrapados en
un atasco de tráfico, con los coches casi pegados unos a otros, y, como hacía mucho calor, la tía Dottie le mandó a por agua. Mientras se encaminaba a la estación de
gasolina, el tráfico se reanudó inesperadamente. Tom recordaba cómo había corrido entre los enormes coches que avanzaban poquito a poco, siempre a punto de
alcanzar la portezuela del de su tía, pero sin logrado en ningún momento, porque ella hacía avanzar el coche todo lo que podía, sin querer detenerse por él, chillándole:
—¡Venga! ¡Venga, gandul!
Finalmente, cuando consiguió subir al coche, con lágrimas de frustración y rabia corriéndole mejillas abajo, la tía Dottie le había dicho alegremente a su amiga:
—¡Es un mariquita! ¡Un mariquita de arriba abajo! ¡Igual que su padre!
Resultaba en verdad pasmoso que aquella forma de tratarle no le hubiese causado un trauma imborrable. Tom se preguntaba por qué su tía decía que su padre era
un mariquita. Nunca había sido capaz de aducir nada que lo probase. Nunca.
Tumbado en su silla, fortalecido moralmente por el lujo que le rodeaba, e interiormente por la abundante y exquisita comida de a bordo, Tom trató de examinar
objetivamente su pasado. Los últimos cuatro años habían sido, en su mayor parte, un desastre; eso era imposible negarlo. Una serie de empleos precarios, seguidos de
peligrosos intervalos sin ningún empleo y con la consiguiente desmoralización producida por estar completamente sin blanca, y, además, teniendo que congeniar con
estúpidos para no sentirse solo o porque podían ofrecerle alguna cosa con la que ir tirando, como había sucedido con Marc Priminger. No era un historial del que
pudiera enorgullecerse, especialmente si tenía en cuenta las grandes aspiraciones que había sentido al llegar a Nueva York. Le había dado por ser actor, si bien a los
veinte años no tenía ni la más leve idea de las dificultades que ello comportaba, de la necesidad de prepararse, incluso de que hacía falta tener talento. Estaba
convencido de que el talento ya lo tenía, y lo único que le hacía falta era encontrar un empresario dispuesto a presenciar alguno de sus monólogos satíricos —el de la
señora Roosevelt, por ejemplo, escribiendo su diario después de visitar una clínica para madres solteras—, pero bastaron tres fracasos para dar al traste con su valor y
sus esperanzas. No disponía de ningún ahorro, por lo que había tenido que aceptar un empleo en un buque platanero, con el cual, al menos, le había sido posible
alejarse de Nueva York. Durante un tiempo había vivido con el temor de que la tía Dottie le hiciese buscar por la policía en Nueva York, aunque nada malo había
hecho en Bastan, sólo escaparse para abrirse camino en el mundo, como millones de jóvenes habían hecho antes que él.
Tom opinaba que su principal equivocación estribaba en su sempiterna inconstancia, que le impedía echar raíces en los empleos que conseguía, como le había
sucedido en el departamento de contabilidad de unos grandes almacenes. Aquel puesto tal vez le hubiera dado una oportunidad de ascender a cargos más importantes,
pero le había desalentado por completo la lentitud con que se movía el escalafón de la firma. De todos modos, parte de la culpa la tenía la tía Dottie al no haber tomado
en serio ninguna de las empresas que él había acometido, empezando por el puesto de repartidor de periódicos que había tenido a los trece años. Se había ganado una
medalla de plata, concedida por el periódico en premio a su «cortesía, servicio y formalidad». Le parecía estar viendo a otra persona al recordar cómo era él por aquel
entonces: un crío flaco y llorón, aquejado siempre por un resfriado de nariz, pero que, sin embargo, había logrado ganarse una medalla de plata por su cortesía, su
espíritu servicial y su formalidad. La tía Dottie no podía ni verle cuando estaba resfriado, y solía sonarle la nariz con tanta fuerza que casi se la arrancaba.
Tom se estremeció al recordado, pero lo hizo con elegancia, aprovechando para arreglarse la raya de los pantalones.
Recordó que ya a los ocho años había hecho votos de escapar de su tía, imaginándose toda suerte de escenas violentas al tratar ella de impedírselo... luchaban y
él la derribaba a puñetazos, estrangulándola, y finalmente le arrancaba el broche que llevaba prendido en el vestido y le asestaba un millón de puñaladas en la garganta
con él. Se fugó a los diecisiete años, pero le habían llevado de vuelta a casa, donde siguió hasta los veinte. Entonces huyó otra vez, en esa ocasión con éxito. Resultaba
asombroso ver cuán ingenuo había sido, cuán poco sabía del mundo y de sus cosas, como si el odio hacia la tía Dottie no le hubiera dejado tiempo para aprender y
hacerse un hombre. Se acordaba de sus sentimientos al ser despedido del almacén donde había trabajado durante su primer mes en Nueva York. El empleo le había
durado menos de dos semanas, porque no era lo bastante fuerte para pasarse ocho horas diarias levantando cajas de naranjas, pero se había esforzado tratando de
conservar el trabajo, hasta casi caer enfermo; cuando le despidieron le había parecido una jugarreta monstruosamente injusta. No lo había olvidado. Entonces sacó la
conclusión de que el mundo estaba lleno de gentes como Simon Legree[1], y que uno tenía que convertirse en un animal, duro como los gorilas que trabajaban con él en
el almacén, si no quería morirse de hambre. Recordó que acababa de salir despedido y entró en una tienda donde robó un pan, llevándoselo a casa y devorándolo,
pensando que el mundo le debía un pan y mucho más.
—¿Míster Ripley?
Una de las inglesas que días antes había compartido con él el sofá del salón se inclinaba hacia él.
—Nos estábamos preguntando si accedería usted a jugar una partida de bridge con nosotras. Vamos a empezar dentro de unos quince minutos. ¿Qué le parece?
Tom se incorporó cortésmente en la silla de cubierta.
—¡Muchísimas gracias! Verá, prefiero quedarme disfrutando del aire libre. Además, soy bastante malo jugando al bridge.
 

2. EL TALENTO DE MR. RIPLEY Y LA OBRA LITERARIA DE

PATRICIA HIGHSMITH



   Patricia Highsmith dedicó su vida a la literatura y es autora de una extensa obra,

compuesta por novelas, colecciones de cuentos, ensayos, diarios, cartas y otros textos, traducida a más de veinte idiomas.



   Suelen distinguirse dos etapas en la narrativa de Patricia Highsmith: 1950-1979 y 1980-1995, separadas por la publicación de la cuarta entrega de la saga de Ripley. A la primera etapa pertenecen obras como Extraños en un tren (1950), cuyo argumento es ya representativo de las obsesiones de la autora: dos desconocidos coinciden en un tren y deciden asesinar cada uno de ellos al enemigo del otro (la esposa y el padre,

respectivamente), evitando así ser relacionados con los crímenes. En 1953 publica, bajo el seudónimo de Claire Morgan, El precio de la sal, novela sobre un amor lésbico que, contra las convenciones de la época, tiene un final feliz. Volvió a publicar esta novela en 1991 con el título de Carol.



   En 1955 comienza su serie de novelas sobre el personaje de Tom Ripley, con El talento de Mr. Ripley, a la que seguirán La máscara de Ripley (1970) y El juego de Ripley (el amigo americano) (1974). Otras novelas de esta primera etapa son Mar de fondo (1957), El grito de la lechuza (1962), La celda de cristal (1964), El temblor de la falsificación (1969) y Rescate por un perro (1972). La obra maestra de Highsmith es El diario de Edith (1977), protagonizada por una mujer que va sustituyendo la realidad por sus fantasías, hasta llegar a situaciones absolutamente terroríficas. Completan esta etapa colecciones de relatos como Pequeños cuentos misóginos (1975).



   La segunda etapa comienza con la publicación de Tras los pasos de Ripley (1980), cuarta entrega de la serie, que se completará con Ripley en peligro (1991). A esta etapa pertenecen también La casa negra (1981), Gente que llama a la puerta (1983), sobre el fundamentalismo cristiano, o su última novela Small G: un idilio de verano (1995), así como las colecciones de relatos Crímenes bestiales (1983) y Sirenas en un campo de golf (1985).

   Al margen de su obra narrativa, destaca su ensayo Suspense, cómo se escribe una novela de intriga (1966), en que reflexiona sobre su propia manera de contar historias.



   El talento de Mr. Ripley empieza cuando Mr. Greenloaf, un millonario americano, contrata a Tom Ripley para que convenza a su hijo Dickie de que abandone Italia, donde lleva una vida bohemia y despreocupada, y regrese a Nueva York y al negocio familiar. Ripley acepta el encargo y marcha a Italia, donde encuentra a Dickie y a su novia, Marge. Entabla con ellos una interesada amistad, que se irá haciendo cada vez más compleja y turbadora, hasta que Ripley asesina a Dickie y adopta su personalidad.



    Tras superar una serie de contratiempos y dificultades, que incluyen otro asesinato, Ripley termina por hacer creer a los padres de Dickie y a Marge que su amigo ha podido suicidarse o estar oculto en alguna parte, e incluso logra la cesión del testamento de Dickie. Este tema de la relación entre dos hombres, normalmente de un carácter muy distinto – a veces, el bien y el mal-, será muy habitual en las novelas la autora. Patricia Highsmith escribió que la idea de esta novela se le ocurrió durante su primer viaje a Europa, contemplando a un joven que paseaba por la playa de Positano. A partir de esta imagen ideó una historia sobre dos jóvenes parecidos, uno de los cuales acaba por matar al otro y asume su identidad. Inicialmente, la novela debía titularse La búsqueda del mal, y más tarde Los chicos del placer. Finalmente la publicó en 1955 con el título definitivo de El talento de Mr. Ripley. También es conocida como A pleno sol, título de su primera adaptación cinematográfica.



   La intención principal de la novela, según su propia autora, es mostrar el triunfo del mal sobre el bien “y recrearme con ello. Haré que mis lectores también se recreen”. La autora analiza y describe minuciosamente la mente del asesino, sus motivaciones, su ausencia de culpa, su ambigüedad moral, que atrae y repele al mismo tiempo. El libro es uno de los principales exponentes del género de psicología criminal, en el que el punto de atención del lector se desplaza del proceso de investigación y descubrimiento a la visión del asesino, asistiendo como espectador privilegiado a la elaboración y ejecución del crimen. De hecho, el lector no desconoce, como ocurre en las novelas policiacas tradicionales, la identidad del asesino: al contrario, sabe todos los detalles y las razones que lo mueven a actuar. El detective o investigador, héroe hasta entonces de este tipo de novelas, pasa a un segundo plano, porque lo que interesa es el significado mismo del crimen, no su investigación.



El libro recoge influencias de la novela negra americana, con autores con Dashiell Hammet, Raymond Chandler o Ross McDonald, pero también de autores clásicos como Dostoievski o Kafka. Obtuvo éxito y popularidad inmediatos, y fue adaptada al cine en 1960 por René Clement, y posteriormente en 1999 por Anthony Minghella.
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