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Hispanoamericana,
latinoamericana
e
iberoamericana
La literatura
hispanoamericana es la literatura de los pueblos de la América de habla hispana de unos veinte países con notables diferencias geográficas, culturales y socioeconómicas; todo esto originará
una notable diversidad de obras y estilos. Es la lengua en común, el español, lo que permite unirlos a todos y hablar de una literatura hispanoamericana con rasgos y trayectoria similar.
Por su parte, se llama “latinoamericana” a la escrita originalmente en español, portugués o francés, e “iberoamericana” a la de las dos lenguas peninsulares habladas en América: español y portugués. En este tema trataremos preferentemente la literatura
en español, en un intento de reducir nuestro objeto de estudio, que, de otra manera, sería demasiado amplio.
Características
-El mestizaje cultural y racial. La cultura americana es una mezcla de lo indígena, de lo español y de lo europeo. El término “transculturación” hace referencia al cruce de culturas, en el que se suele dar la pérdida de una de ellas por
imposición de la otra.
-La naturaleza telúrica. La presencia de una naturaleza grandiosa, excesiva y poderosa que se impone al humano. A menudo aparece plagada de mitos y utopías.
-La injusticia social, los problemas económicos y la
inestabilidad política, que van a influir en los temas de las obras y en la implicación en estos problemas de los escritores.
ETAPAS
La literatura hispanoamericana comienza, realmente, cuando Colón llega a América en 1492. Pasará por varias etapas hasta llegar al siglo XX donde alcanzará su madurez y esplendor y conquistará al resto del mundo. Esas etapas coinciden en gran parte con
las de la literatura en España.
2. Conquista y colonización
La literatura de este momento destaca especialmente por sus obras
didácticas y por las crónicas. Por ejemplo:
-CRISTÓBAL
COLÓN: DIARIO
–BERNAL
DÍAZ DEL CASTILLO, conquistador e historiador español que escribió “Verdadera historia de la conquista de la Nueva España” en 1632.
–EL
INCA GARCILASO DE LA VEGA, historiador peruano que narró la historia de los incas.
-El dominico FRAY
BARTOLOMÉ DE LAS CASAS, misionero e historiador.
El Diario de Colón
El Diario de Cristóbal Colón es el documento que escribió durante el viaje de descubrimiento en 1492-1493. El Almirante lo entregó a los Reyes Católicos en Barcelona. Así lo afirman los monarcas en carta que remiten a Colón en 1493, cuando lo mandaron
copiar a dos escribanos diferentes. Después devolvieron un ejemplar del Diario a Colón por medio de Juan Rodríguez de Fonseca.
Son los datos auténticos que tenemos de los primeros meses del Diario
en España. A partir de este momento existirían, al menos, el original y una copia.
El Diario de Colón contenía las noticias propias del diario de navegación de una nave. Lo habitual eran anotaciones de los sucesos que acaecían abordo, tanto de naturaleza técnica, como anécdotas humanas que merecían la pena reseñar día a
día.
1492: La conquista del Paraíso
Puedes ver los siguientes fragmentos de esta película:
"Nos
traían papagayos e hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras
muchas cosas, y nos[otros] les dábamos [...] cuentecillas de vidrio y
cascabeles. En fin todo tomaban y daban, de aquello que tenían, de buena
voluntad. Mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andan
todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres,
aunque vi más de una harto moza. [...] Muy bien hechos, de muy hermosos
cuerpos y muy buenas caras. [...] Ellos no traen armas ni las
conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo, se
cortaban con ignorancia.
"Las
casas eran hechas a manera de alfaneques (*como tiendas de campaña), muy
grandes, y parecían [...] sin concierto de calles sino una acá y otra
acullá, y dentro muy barridas y limpias y sus aderezos muy compuestos.
Todas son de ramas de palma muy hermosas.
Hallaron muchas estatuas en
figura de mujeres y muchas cabezas muy bien labradas. No sé si esto
tienen por hermosura o adoran en ellas. Había perros que jamás ladraron.
Había avecitas salvajes mansas por sus casas. "
Sábado,13deoctubre
« Luego que amaneció vinieron a la playa
muchos de estos hombres, todos
mancebos, como dicho tengo, y
todos de buena estatura, gente muy hermosa:
los cabellos no crespos, salvo
corredios y gruesos, como sedas de caballo, y
todos de
la frente
y cabeza
muy ancha más
que
otra
generación que
hasta
aquí
haya
visto,
y
los
ojos muy
hermosos
y
no
pequeños,
y ellos
ninguno
prieto,
salvo
de
la
color
de
los
canarios,
ni
se
debe
esperar
otra
cosa,
pues
está Este Oeste con la isla de
Hierro, en Canaria, bajo una línea. Las piernas
muy derechas, todos a una mano, y
no barriga, salvo muy bien hecha. Ellos
vinieron a la nao con almadías,
que son hechas del pie de un árbol, como un
barco luengo, y todo de un
pedazo, y labrado muy a maravilla,
según la tierra, y
grandes, en que en algunas venían
cuarenta o cuarenta y cinco hombres, y
otras
más
pequeñas, hasta haber de
ellas
en
que
venía
un
solo
hombre.
Remaban
con
una
pala
como
de
hornero,
y
anda
amaravilla;
y
si
se
le
trastorna, luego se echan todos a
nadar y la enderezan y vacían con calabazas
que traen ellos. Traían ovillos
de algodón hilado y papagayos y azagayas y
otras
cositas
que
sería
tedio
de
escribir,
y
todo
daban
por
cualquier
cosa
que
se los diese. Y yo estaba atento
y trabajaba de saber si había oro, y vi que
algunos de ellos traían un
pedazuelo colgado en un agujero que tienen a la
nariz,
y
por
señas
pude
entender
que
yendo
al
Sur
o
volviendo
la
isla
por
el
Sur,
que
estaba
allí un
rey que
tenía
grandes
vasos
de
ello,
y tenía
muy
mucho. Trabajé que fuesen allá,
y después vi que no entendían en la ida.
Determiné de aguardar hasta
mañana en la tarde y después partir para el
Sudeste, que según muchos de
ellos me enseñaron decían que había tierra al
Sur
y
al
Sudoeste
y
al
Noroeste,
y
que
éstas
del
Noroeste
les
venían
a
combatir
muchas
veces,
y
así
ir
al
Sudoeste
a
buscar
el
oro
y
piedras
preciosas. Esta isla es bien
grande y muy llana y de árboles muy verdes y
muchas
aguas y una laguna
en
medio muy grande,
sin ninguna montaña,
y
toda ella verde, que es placer de
mirarla; y esta gente harto mansa, y por la
gana de haber de nuestras cosas,
y temiendo que no se les ha de dar sin que
den
algo
y
no
lo
tienen,
toman
lo
que
pueden
y
se
echan
luego
a
nadar;
que hasta los pedazos de las escudillas y de las
tazas de vidrio rotas rescataban
hasta que vi dar dieciséis
ovillos de algodón por tres ceotís de Portugal, que es
una blanca de Castilla, y en
ellos habría más de una arroba de algodón hilado.
Esto defendiera y no dejara tomar
a nadie, salvo que yo lo mandara tomar todo
para
Vuestras
Altezas
si
hubiera
en
cantidad.
Aquí
nace
en
esta
isla,
mas
por
el
poco
tiempo
no
pude
dar
así
del
todo
fe.
Y
también
aquí
nace
el
oro
que
traen
colgado
a
la nariz;
más,
por no perder tiempo
quiero
ir a ver si
puedo
topar a la isla de Cipango.
Ahora, como fue noche, todos se fueron a tierra con
sus
almadías.»
Domingo,
21
de
octubre
«A las diez horas llegué aquí a este cabo
del isleo y surgí, y asimismo las
carabelas. Y después de haber
comido fui en tierra, adonde aquí no había otra
población que una casa, en la
cual no hallé a nadie, que creo con temor se
habían huido, porque en ella
estaban todos sus aderezos de casa. Yo no les
dejé tocar nada, salvo que me
salí con estos capitanes
y gente a ver la isla;
que si las otras ya vistas son
muy hermosas y verdes y fértiles, ésta es mucho
más y de grandes arboledos y muy
verdes. Aquí es unas grandes lagunas, y
sobre ellas y a la rueda es el
arboledo en maravilla,
y aquí y en toda la isla son
todos verdes y las hierbas como
en abril en el Andalucía; y el cantar de los
pajaritos que parece que el
hombre nunca se querría partir de aquí, y las
manadas de los papagayos que
oscurecen el sol; y aves y pajaritos de tantas
maneras
y
tan
diversas
de
las
nuestras
que
es
maravilla;
y
después
hay
árboles de mil maneras y todos
de su manera fruto, y todos huelen que esmaravilla,
que yo estoy el más apenado del mundo de no conocerlos, porque
soy bien cierto que todos son
cosa de valía, y de ellos traigo la muestra y
asimismo de las hierbas. Andando
así en cerco de una de estas lagunas vi una
sierpe la cual matamos y traigo
el cuero a Vuestras Altezas. Ella como nos vio
se
echó
en
la
laguna
y
nos
la
seguimos
dentro,
porque
no
era
muy
honda,
hasta que con lanzas la matamos.
Es de siete palmos de largo; creo que de
estas semejantes hay aquí en
esta laguna muchas. Aquí conocí del liñáloe, y
mañana
he determinado de hacer traer a
la
nao diez quintales, porque me
dicen que vale mucho. También
andando en busca de muy buena agua fuimos
a
una
población
aquí
cerca,
adonde
estoy surto
media
legua;
y la
gente
de
ella, como nos sintieron, dieron todos a huir y
dejaron las casas y escondieron su
ropa
y
lo
que
tenían
por
el
monte.
Yo
no
dejé
tomar
nada
ni
la
valía
de
un
alfiler.
Después
se
llegaron
a
nos
unos
hombres
de
ellos,
y
uno
se
llegó
a
quien
yo
di
unos
cascabeles
y
unas
cuentecillas
de
vidrio
y
quedó
muy
contento y muy alegre, y por que
la amistad creciese más y los requiriese algo,
le hice pedir agua, y ellos,
después que fui en la nao, vinieron luego a la playa
con sus calabazas llenas y
holgaron mucho de dárnosla. Y yo les mandé dar
otro ramalejo de cuentecillas de
vidrio y dijeron que de mañana vendrían acá.
Yo quería henchir aquí toda la
vasija de los navíos de agua; por ende, si el
tiempo me da lugar, luego me
partiré a rodear esta isla hasta que yo haya
lengua
con este
rey y
ver
si
puedo haber
de
él
oro
que
oigo que
trae,
y
después partir para otra isla
grande mucho, que creo que debe ser Cipango,
según las señas que me dan
estos indios que yo traigo, a la cual ellos llaman
Colba, en la cual dicen que hay
naos y mareantes muchos y muy grandes, y de
esta isla otra que llaman Bofío
que también dicen que es muy grande. Y a las
otras que son entremedio veré
así de pasada, y según yo hallare recaudo de
oro
o
especiería
determinaré
lo
que
he
de
hacer.
Más
todavía,
tengo
determinado de ir a la tierra
firme y a la ciudad de Quisay y dar las cartas de
Vuestras
Altezas al
Gran Can y
pedir
respuesta
y
venir
con ella.»
Fernández de Oviedo
Gonzalo Fernández de Oviedo Valdés (Madrid, 1478-Santo Domingo, 1557) fue un militar, escritor, botánico, etnógrafo y colonizador español nombrado en 1532 por el emperador Carlos V primer cronista de las Indias recién descubiertas.
Capitán en sus ejércitos, fue además alcalde de la fortaleza de Santo Domingo.
La diversidad y riqueza del Nuevo Mundo
¿Cuál ingenio mortal sabrá
comprender tanta diversidad de lenguajes,
de hábitos, de
costumbres en los hombres de estas Indias? ¿Tanta variedad de
animales domésticos
como salvajes y fieros? ¿Tanta multitud inenarrable de
árboles copiosos de
diversos géneros de frutas y otros estériles así de aquellos
que los indios
cultivan como de los que la natura de su propio oficio produce
sin ayuda de manos
mortales? ¿Cuántas plantas y hierbas útiles y provechosas
al hombre?
¿Cuántas otras
innumerables que
a él no
son conocidas y con
tantas diferencias de
rosas y flores e olorosa fragancia? ¿Tanta diversidad de
aves
de
rapiña
e
de
otras
raleas?
¿Tantas
montañas
altísimas
y
fértiles
otras tan diferenciadas e bravas? ¿Cuántas
vegas y campiñas dispuestas para la
agricultura
y
con
muy
apropiadas
riberas?
(…)
Cuántos
valles
e
florestas,
llanos
y
deleitosos!,
¡cuántas
costas
de
mar
con
muy
extendías
playas
y
de
muy excelentes
puertos! ¡Cuántos y cuán poderosos ríos navegables! ¡Cuántos
y cuán
grandes lagos!
¡Cuántas fuentes frías e
calientes,
muy cercanas unas
de otras! ¿E cuántas
de betún e de otras materias o licores! ¡Cuántos pescados
de los que en España
conoscemos sin otros muchos que en ella no se saben ni
los vieron! ¡Cuántos
mineros de oro e plata e cobre! ¡Cuánta suma preciosa de
marcos de perlas e
uniones que cada día se hallan! ¿En cuál tierra se oyó ni se
sabe que en tan breve
tiempo y en tierras tan apartadas de nuestra Europa se
produjesen tantos
ganados e granjerías, y en tanta abundancia como en estas
Indias ven nuestros
ojos, traídas acá por tan amplísimos mares? Las cuales ha
recibido
esta
tierra
no
como
madrastra
sino
como
más
verdadera
madre
que
la que se las envió;
pues en más cantidad e mejor que en España se hacen
algunas
de
ellas…»
Redacta una descripción de esta fruta. Y ahora piensa: ¿tu descripción atraería la atención de los reyes como para financiar una expedición ? Lee ahora la descripción de Fernández de Oviedo.
“Hay en esta isla Española unos cardos, que cada uno dellos lleva
una piña (o, mejor
diciendo, alcarchofa), puesto que, porque paresce piña las llaman
los cristianos piñas, sin
lo ser. Esta es una de las más hermosas fructas que yo he
visto en todo lo que del mundo he andado. A lo menos en
España, ni en Francia, ni
en Inglaterra, Alemania, ni en Italia, ni en Cecilia, ni en los
ostros estados de la
Cesárea majestad, así como de Borgoña, Flandes, Tirol, Arbués,
ni Holanda, ni Zelanda, y los demás, no hay una linda fructa
aunque entren los silleruelos
de Cecilia, ni peras moscarelas, ni todas aquellas fructas excelentes
que el
rey Fernando, primero
de tal nombre en
Nápoles, acomoló en sus
jardines del
Parque, y
del Paraíso
u Pujo
Real en
la cual
fue opinión
que estaba el
principio de todas las huertas de las más excelentes frutas de las
que cristianos poseían;
[…]
Mirando el hombre la hermosura desta
fructa, goza de ver la cumposición é
adornamiento con que
la natura la pintó é hizo tan agradable a la vista para la
recreación de tal
sentido: oliéndola goza de un olor mixto con membrillos e
duraznos ó
melocotones, y muy finos melones, y demás excelencias de todas
essas
frutas
juntas
y
separadas,
sin
alguna
pesadumbre
(…)
BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO (1492-1584)
Bernal Díaz del Castillo (Medina del Campo, 1496-Santiago de Guatemala, 3 de febrero de 1584) fue un conquistador español que participó en la conquista de México y fue más tarde regidor de Santiago de Guatemala. Se le atribuye
la autoría de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, la cual comenzó a redactar como un memorial de guerras; pero más tarde fue revisada y expandida en respuesta a la publicación de Francisco López de Gómara, que Díaz del
Castillo consideraba muy imprecisa, además de que no reconocía los esfuerzos que llevaron los soldados comunes durante la conquista de México.
HistoriaverdaderadelaconquistadelaNuevaEspaña
Y otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y vamos camino de Estapalapa. Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblazones, y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo iba a México,
nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cues y edificios que tenían dentro en el agua, y todos de calicanto, y aun algunos de nuestros soldados decían
que si aquello que veían si era entre sueños, y no es de maravillar que yo escriba aquí de esta manera, porque hay mucho que ponderar en ellos que no sé como lo cuente: ver cosas nunca oídas, ni aun soñadas, como veíamos.”
Fray Toribio de Benavente
Toribio de Benavente O.F.M. (Benavente, c. 1482-1569, México), más conocido como Motolinia, fue un misionero franciscano que fungió como historiador de la Nueva España. Motolinia es el nombre que él mismo adoptó para así ser
nombrado por los habitantes de México, el cual significa 'pobre' o 'afligido' en náhuatl. Motolinia se caracterizó por la promoción de una intensa evangelización de los pobladores de Mesoamérica. Es por esto que fue intensamente
denunciado por fray Bartolomé de las Casas ante el rey de España Carlos V, lo que suscitó un conflicto entre estos dos religiosos:
[...] que se predique el santo Evangelio por todas estas
tierras; los que no quisieren oír de grado el santo Evangelio de
Jesucristo, sea por fuerza; que aquí tiene lugar aquel proverbio: más
vale bueno por fuerza que malo por grado.
Carta de Motolinia al emperador Carlos V, Enero de 15554
Memoriales.
Ya que he comenzado a hablar de aves, no quiero callar una cosa cierto maravillosa que Dios muestra en un pajarito de los cuales hay muchos en esta Nueva España, y aunque el pajarito es pequeñito, la novedad no es chica, más es muy de notar. […] su mantenimiento
es extremado, ca no se mantiene de simillas ni de moscas, mas solamente se ceba y mantiene de la miel o rocío de las flores, y ansí anda siempre con su piquillo chupando las rosas muy
sotilmente, volando sin se asentar sobre ellas […] y como en esta tierra por el mes de octubre comienza la tierra a se agostar y secar las yerbas y flores […] el pajarito vicicilin busca lugar competente a do pueda estar escondido […] y en una ramita
delgada apégase de los pies y pónese allí escondido a dormir y muérese, y está allí hasta el mes de abril, que con las primeras aguas y truenos como quien despierta de un sueño torna a revivir y sale buscando a buscar sus flores, que ya en
muchos árboles las hay desde marzo, y aún antes. […] Si Dios así conserva unos pajaritos y después los resucita, y cada año en esta tierra se ven estas maravillas, quien dudará sino que los cuerpos humanos, que son sepultados y corruptibles,
que no los resucitará Dios incorruptibles por Jesucristo, y los vestirá y adornará de los cuatro dotes, y manterná de la suavidad de su divina fruición y visión, pues a estos pájaros tan chiquitos así sustenta del rocío y miel de las flores,
y viste de tan graciosa pluma, que ni Salomón en toda su gloria ansí fue vestido como uno de éstos (…)”.
El inca Garcilaso de la la Vega
Gómez Suárez de Figueroa, renombrado como Inca Garcilaso de la Vega (Cuzco, Gobernación de Nueva Castilla, 12 de abril de 1539 - Córdoba, España, 23 de abril de 1616), fue un escritor e historiador mestizo
de ascendencia hispano-incaica nacido en el territorio actual del Perú.
Se le considera como el primer mestizo cultural de América que supo asumir y conciliar sus dos herencias culturales: la inca y la española, alcanzando al mismo tiempo gran renombre intelectual.
Comentarios reales
Un navío de éstossubió más que los otrosy pasó la línea equinoccial a la parte del sur;y cerca de ella,vio un indio que a la boca de un río estaba pescando.Los españoles del navío,con todo el recato posible, echaron en tierra,lejos de donde el indio estaba, para que no se les fuese por tierra ni por agua.Hecha esta diligencia, pasaron con el navío por delante del indio,para que pusiese ojos en ély se descuidase de la celada que le dejaban armada.El indio,viendo en la mar una cosa tan extraña,nunca jamás vista en aquella costa,como era navegar un navío a todas velas,se admiró grandemente y quedó pasmado y abobado,imaginando qué pudiese ser aquelloque en la mar veía delante de sí.Y tanto se embebeció y enajenó en este pensamiento,que primero lo tuvieron abrazado los que le iban a prenderque él los sintiese llegar,y asílo llevaron al navío con mucha fiesta y regocijo de todos ellos.
Los españoles,habiéndole acariciado porque perdiese el miedo que—de verlos con barbas y en diferente traje que el suyo—había cobrado,le preguntaron por señas y por palabrasqué tierra era aquéllay ómo se llamaba.El indio, por los ademanes y meneos que con manos le hacíanentendía que le preguntabanmas no entendía lo que le preguntabany a lo que entendió qué era, respondió a prisa(antes que le hiciesen algún mal)y nombró su propio nombre, diciendo Berú,y añadió otro y dijo Pelú.Quiso decir:«Si me preguntáis cómo me llamo,yo me digo Berú,y si me preguntáis dónde estaba, digo que estaba en el río».Los cristianos entendieron conforme a su deseo,imaginando que el indioles había entendido,como si él y ellos hubieran hablado en castellano,y desde aquel tiempo,que fue el año de mil y quinientos y quince, o diez y seis,llamaron Perú aquel riquísimo y grande Imperio,corrompiendo ambos nombres,como corrompen los españoles casi todos los vocablosque toman del lenguaje de los indios de aquella tierra;por que si tomaron el nombre del indio,Berú, trocaron labpor lap,y si el nombrePelú,que significa río,trocaron lalpor lar,y de la una manera o de la otradijeronPerú. Y como aquel paraje donde esto sucedióacertase a ser término de la tierraque los Reyes Incas tenían,llamaron después Perú a todo lo que hay desde allí,que es el paraje de Quito hasta los Charcasque fue lo más principal que ellos señorearony son más de setecientas leguas de largo, aunque su Imperio pasaba hasta Chile,que son otras quinientas leguas más adelantey es otro muy rico y fertilísimo reino.ESTE ESel principio y origendel nombre Perú,tan famoso en el mundo,pues a todo él ha llenado de oro y plata,de perlas y piedras preciosas.Y por haber sido así impuesto acaso,los indios naturales del Perú,aunque ha setenta y dos años que se conquistó,no toman este nombre en la boca,como nombre nunca por ellos impuesto.Y porque la deducción del nombre Perúno quede sola,digamos de otros nombres semejantesimpuestos por los españoles.
Fray Bartolomé de Las Casas
Bartolomé de las Casas (Sevilla, 1474 o 1484 – Madrid, julio de 1566) fue un encomendero, cronista, teólogo, filósofo, jurista, fraile dominico, sacerdote y obispo español del siglo XVI. Sus extensos escritos, el
más famoso de los cuales es Brevísima relación de la destrucción de las Indias, relatan las primeras décadas de la colonización de las Antillas españolas y las atrocidades cometidas por los colonizadores contra los
pueblos indígenas. A diferencia de otros sacerdotes que pretendían destruir los libros y escritos autóctonos de los pueblos indígenas, él se opuso terminantemente a esta acción.
Al ser testigo de los abusos cometidos contra los indígenas americanos, abogó por los derechos de los nativos. En sus primeros escritos, abogó por el uso de esclavos africanos en lugar de nativos. Más adelante, consideró que
ambas formas de esclavitud eran igualmente indeseables. En 1522, intentó poner en marcha un nuevo tipo de colonialismo pacífico en la costa de Venezuela, pero esta empresa fracasó. Las Casas ingresó en la Orden de los
Dominicos y se hizo fraile.
Volvió a España y continuó presionando por la abolición de la encomienda, obteniendo una importante victoria con la aprobación de las Leyes Nuevas en 1542. Fue nombrado obispo de Chiapas, pero ejerció el cargo durante poco tiempo,
al verse obligado a regresar a España por la resistencia a las Nuevas Leyes por parte de los encomenderos y por su política en favor de los indios. En 1550 participó en el debate de Valladolid, en el que Juan Ginés de Sepúlveda sostenía
que los indios eran menos que humanos y necesitaban de los amos españoles para civilizarse. Las Casas sostenía que eran plenamente humanos y que era injustificable someterlos por la fuerza.
Brevísima relación de la destrucción de las Indias
De infinitas hazañas
señaladas en maldad y crueldad, en extirpación de
aquellas gentes, cometidas por los que se llaman cristianos, quiero
aquí referir algunas pocas que un fraile de San Francisco a los
principios vio, y las firmó de su nombre, enviando traslados
[copias] por
aquellas partes y otros a estos reinos de Castilla, y yo tengo en mi
poder un traslado con su propia firma, en el cual dice así:
"Yo, fray Marcos de Niza, de
la orden de San Francisco, comisario sobre los frailes de la misma
orden en las provincias del Perú, que fui de los primeros
religiosos que con los primeros cristianos entraron en las dichas
provincias, digo, dando testimonio verdadero, de algunas cosas que yo
con
mis ojos vi en aquella tierra, mayormente acerca del tratamiento y
conquistas hechas a los naturales. Primeramente, yo soy testigo de
vista, y por experiencia cierta conocí y alcancé, que
aquellos indios del Perú es la gente más benévola
que entre indios se ha visto, y allegada y amiga a los cristianos. Y vi
que aquéllos daban a los españoles en abundancia oro y
plata y piedras preciosas y todo cuanto les pedían que ellos
tenían, y todo buen servicio, y nunca los indios salieron de
guerra sino de paz, mientras no les dieron ocasión con los malos
tratamientos y crueldades, antes los recibían con toda
benevolencia y honor en los pueblos a los españoles,
dándoles comidas y cuantos esclavos y esclavas pedían
para servicio.
"Ítem, soy testigo y
doy testimonio que, sin dar causa ni ocasión aquellos indios a
los españoles, luego que entraron en sus tierras, después
de haber dado el mayor cacique Atahualpa más de dos millones de
oro a los españoles, y habiéndoles dado toda la tierra en
su poder sin resistencia, luego quemaron al dicho Atahualpa, que era
señor de toda la tierra, y en pos dél quemaron vivo a su
capitán general Cochilimaca, el cual había venido de paz
al gobernador con otros principales. Asimismo, después
de éstos, dende a pocos días, quemaron a Chamba, otro
señor muy principal de la provincia de Quito, sin culpa ni haber
hecho por qué.
"Asimismo quemaron a
Chapera, señor de los canarios, injustamente [...]; a Luis,
gran señor de los que había en Quito, quemaron los pies y
le dieron otros muchos tormentos porque dijese dónde estaba el
oro de Atahualpa, del cual tesoro (como pareció) no sabía
él nada. Asimismo quemaron en Quito a Cozopanga, gobernador que
era de todas las provincias de Quito[...] y porque no dio
tanto oro como le pedían, lo quemaron con otros muchos caciques
y principales. Y, a lo que yo pude entender, su intento de los
españoles era que no quedase señor en toda la tierra.
"Ítem, que los
españoles recogieron mucho número de indios y los
encerraron en tres casas grandes, cuantos en ellas cupieron, y
pegáronles fuego y quemáronlos a todos sin hacer la menor
cosa contra español ni dar la menor causa. [...]
"Ítem, yo afirmo que
yo mismo vi ante mis ojos a los españoles cortar manos, narices
y orejas a indios e indias sin propósito, sino porque se les
antojaba hacerlo, y en tantos lugares y partes que sería largo
de contar. Y yo vi que los españoles les echaban perros a los
indios para que los hiciesen pedazos, y los vi así aperrear a
muy muchos. Asimismo vi yo quemar tantas casas y pueblos, que no
sabría decir el número según eran muchos. Asimismo
es verdad que tomaban niños de teta por los brazos y los echaban
arrojadizos cuanto podían, y otros desafueros y crueldades sin
propósito, que me ponían espanto, con otras innumerables
que vi que serían largas de contar.
"Ítem, vi que
llamaban a los caciques y principales indios que viniesen de paz
seguramente y prometiéndoles seguro, y en llegando luego los
quemaban. Y en mi presencia quemaron dos: el uno en Andón y el
otro en Tumbala, y no fui parte [capaz] para se lo estorbar que no los
quemasen, con cuanto les prediqué. Y según Dios y mi
conciencia, en cuanto yo puedo alcanzar, no por otra causa sino por
estos malos tratamientos, como claro parece a todos, se alzaron y
levantaron los indios del Perú, y con mucha causa que se les ha
dado. Porque ninguna verdad les han tratado, ni palabra guardado, sino
que contra toda razón e injusticia, tiranamente los han
destruido con toda la tierra, haciéndoles tales obras que
han determinado antes de morir que semejantes obras sufrir.
"Ítem, digo que, por
la relación [informe] de los indios, hay mucho más oro
escondido que
manifestado, el cual, por las injusticias y crueldades que los
españoles hicieron, no lo han querido descubrir, ni lo
descubrirán mientras rescibieren tales tratamientos, antes
querrán morir como los pasados. En lo cual Dios Nuestro
Señor ha sido muy ofendido y su Majestad muy deservido y
defraudado en perder tal tierra que podía dar buenamente de
comer a toda Castilla, la cual será harto dificultosa y costosa,
a mi ver, de la recuperar".
Todas estas son sus palabras
del dicho religioso, formales, y vienen también firmadas del
obispo de México, dando testimonio de que todo esto afirmaba el
dicho padre fray Marcos.
3. El modernismo
El modernismo hispanoamericano surge por oposición al realismo y al costumbrismo. Veamos un ejemplo costumbrista de Baldomero Lillo: un fragmento de "Sub sole". ¿A qué costumbre -especialmente conocida en México- se refiere?:
En el fondo del patio,
en un espacio descubierto bajo un toldo de duraznos y perales en flor,
estaba la rueda. Componíase de una valla circular de tres y medio metros
de diámetro hecha con duelas de barriles viejos. En el suelo,
cuidadosamente enarenado, había dos hermosos gallos sujetos por una de
sus patas a una argolla incrustada en la barrera y en derredor de ésta,
sentados los de la primera fila y de pie los de la segunda, estrechábase
un centenar de individuos. Muchachos de dieciséis años, mozos imberbes,
hombres de edad madura y viejos encorvados y temblorosos observaban con
avidez los detalles preliminares de la riña. Cada una de las
condiciones del desafío: el monto de la apuesta, el número de careos, la
operación del peso, provocaba alegatos interminables que concluían a
veces en vociferaciones y denuestos.
[...]
Soltados a un tiempo los dos campeones, una sacudida conmovió la rueda:
las cabezas se abatieron con un movimiento rápido, y todos los ojos
claváronse en los emplumados paladines que, frente afrente, rectos sus
patas, con la cresta encendida, el plumaje erizado y la pupila
llameante, avanzaron el uno sobre el otro, deteniéndose a cada paso para
lanzar a voz en cuello una vibrante clarinada.
A continuación podemos leer una breve escena costumbrista de Roberto
J. Payró:
En la policía
No siempre había sido Barraba
el comisario de Pago Chico[...]
Antes de él, [...] cualquier funcionario era bueno para aquel pueblo tranquilo
entre los pueblos tranquilos.
El antecesor de Barraba fue
un tal Benito Páez, gran truquista, no poco aficionado
al porrón [a la botella] y por lo demás excelente individuo,
salvo la inveterada costumbre de no tener gendarmes sino
en número reducidísimo [...] , para crearse honestamente un sobresueldo
con las mesadas vacantes.
-¡El comisario Páez -decía
Silvestre- se come diez o doce vigilantes al mes!
La tenida
de truco [¿partidas de cartas?] en el Club Progreso, las carreras en la pulpería
[el bar]de La Polvadera, las riñas de gallos dominicales,
y otros quehaceres no menos perentorios, obligaban a don
Benito Páez a frecuentes, a casi reglamentarias ausencias
de la comisaría. Y está probado que nunca hubo
tanto orden ni tanta paz en Pago Chico. Todo fue ir un comisario
activo con una docena de vigilantes más, para que
comenzaran los escándalos y las prisiones, [...] pues
hasta los rateros pululaban. Saquen otros las consecuencias
filosóficas de este hecho experimental. Nosotros vamos
al cuento aunque quizá algún lector lo haya
oído ya, pues se hizo famoso en aquel tiempo, y los
viejos del pago lo repiten a menudo.
Sucedió, pues,
que un nuevo jefe de policía, tan entrometido como
mal inspirado, resolvió conocer el manejo y situación
de los subalternos rurales y sin decir ¡agua va! destacó
inspectores que fueran a escudriñar cuanto pasaba
en las comisarías. Como sus colegas, don Benito ignoró
hasta el último momento la sorpresa que se le preparaba,
y ni dejó su truco, sus carreras y sus riñas,
ni se ocupó de reforzar el personal con gendarmes
de ocasión.
Cierta noche lluviosa y fría,
en que Pago Chico dormía entre la sombra y el barro,
sin otra luz que la de las ventanas del Club Progreso, dos
hombres a caballo, envueltos en sendos ponchos, con el ala
del
chambergo sobre los ojos, entraron al tranquito al pueblo,
y se dirigieron a la plaza principal, calados por la lluvia
y recibiendo las salpicaduras de los charcos. Sabido es que
la Municipalidad corría pareja con la policía,
y que aquellas calles eran modelo de intransitabilidad.
Las dos sombras mudas siguieron avanzando sin embargo, como
dos personajes de novela caballeresca, y llegaron a la puerta
de la comisaría, herméticamente cerrada. Una
de ellas, la que montaba el mejor caballo -y en quien el
lector perspicaz habrá reconocido al inspector de
marras, como habrá reconocido en la otra a su asistente-,
trepó a la acera sin desmontar, dio tres fuertes golpes
en el tablero de la puerta con el cabo del rebenque...
Y
esperó.
Esperó un minuto, impacientado por
la lluvia que arreciaba, y refunfuñando un terno volvió
a golpear con mayor violencia.
Igual silencio. Nadie se
asomaba, ni en el interior de la comisaría se notaba
movimiento alguno.
Repitió el inspector una, dos
y tres veces el llamado, condimentándolo cada uno
de ellos con mayor proporción de ajos y cebollas,
y por fin allá a las cansadas entreabriose la puerta,
viose por la rendija la llama vacilante de una vela de sebo,
y a su luz un ente andrajoso y soñoliento, que miraba
al importuno con ojos entre asombrados y dormidos, mientras
abrigaba la vela en el hueco de la mano.
-¿Está el
comisario? -preguntó el inspector bronco y amenazante.
El otro, humilde, tartamudeando, contestó:
-No,
señor.
-¿Y el oficial?
-Tampoco, señor.
El inspector, furioso, se acomodó mejor en la montura,
echose un poco para atrás, y ordenó, perentoriamente:
-¡Llame al cabo de cuarto!
-¡No... no... no hay, señor!
-De modo que no hay nadie aquí, ¿no?
-Sí
se... señor... Yo.
-¿Y usted es agente?
-No, señor...
Yo... yo soy preso.
Una carcajada del inspector acabó
de asustar al pobre hombre, que temblaba de pies a cabeza.
-¿Y no hay ningún gendarme en la comisaría?
-Sí, se... señor... Está Petronilo...
que lo tra... lo traí de la esquina bo... borracho,
si se... señor!... Está durmiendo en la cuadra.
Una hora después don Benito se esforzaba en vano
por dar explicaciones de su conducta al inspector, que no
las aceptaba de ninguna manera. Pero afirman las malas lenguas,
que cuando no se limitó a dar simples explicaciones,
todo quedó arreglado satisfactoriamente; y lo probaría
el hecho de que ¡su sistema no sufrió modificación,
y de que el [...] protector de agentes descarriados
siguió largos meses desempeñando sus funciones
caritativas y gratuitas.
Echa un vistazo a la actualidad. Ante las dificultades del mundo, ¿qué postura te parece más acertada?: ¿luchar por cambiar las cosas o desentenderse de todo? ¿Sobrevivir lo mejor posible? ¿Qué camino
tomas tú?
Los modernistas se refugiaron en lo que llamaron su "torre de marfil". He aquí un ejemplo:
Sonatina
La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color. La princesa está pálida en su silla de oro, está mudo el teclado de su clave de oro; y
en un vaso olvidado se desmaya una flor.
El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales. Parlanchina, la dueña dice cosas banales, y, vestido de rojo, piruetea el bufón. La princesa no ríe, la princesa no siente; la princesa persigue por el cielo de Oriente la libélula vaga de una vaga ilusión.
¿Piensa acaso en el príncipe del Golconsa o de China, o en el que ha detenido su carroza argentina para ver de sus ojos la dulzura de luz? ¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes, o en el que es soberano de los claros diamantes, o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?
¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, tener alas ligeras, bajo el cielo volar, ir al sol por la escala luminosa de un rayo, saludar a los lirios con los versos de mayo, o perderse en
el viento sobre el trueno del mar.
Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata, ni los cisnes unánimes en el lago de azur. Y están tristes las flores por la flor de la corte; los jazmines de Oriente, los nulumbos del Norte, de Occidente las dalias y las rosas del Sur.
¡Pobrecita princesa de los ojos azules! Está presa en sus oros, está presa en sus tules, en la jaula de mármol del palacio real, el palacio soberbio que vigilan los guardas, que custodian cien negros con sus cien alabardas, un lebrel
que no duerme y un dragón colosal.
¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida! La princesa está triste. La princesa está pálida… ¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil! ¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe La princesa está pálida. La princesa está triste… más brillante que el alba, más hermoso que abril!
¡Calla, calla, princesa dice el hada madrina, en caballo con alas, hacia acá se encamina, en el cinto la espada y en la mano el azor, el feliz caballero que te adora sin verte, y que llega de lejos, vencedor de la Muerte , a encenderte
los labios con su beso de amor!
En el contexto de la literatura en español, se conoce como modernismo a un movimiento literario fundamentalmente poético, desarrollado entre el siglo XIX y el XX (1880-1920) y que se comprende como la forma hispánica de la crisis
universal de las letras y el espíritu que caracterizó la entrada en la contemporaneidad.
Finalidad de la prosa modernista es la realización de un momento artístico perfectamente logrado, al cual contribuye hasta lo sagrado, proyectado en una dimensión profana. Representa, el movimiento, una suerte de evasión del mundo real hacia atmósferas
de refinamiento y hermosura, reinos de una belleza divinamente sensual y artificiosa, a veces perversa, o bien hacia regiones míticas medievales, donde reina el misterio, sagas inspiradas en la música wagneriana, escalofriantes ámbitos donde dominan
lo desconocido y la muerte.
Aparentemente superficial, la postura del escritor modernista rechaza el compromiso con el mundo, del cual sufre intensamente, en realidad, el límite, la vulgaridad. Su refugio son las atmósferas «raras», ambientes y paisajes refinados, donde el arte
ennoblece las mansiones, forma el decorado precioso de gabinetes y salones. Domina un exacerbado individualismo.
El modernismo se caracterizó por la rebeldía creativa, un refinamiento un tanto aristocratizante y narcisista, así como un culturalismo cosmopolita, pero su aporte más importante a las letras hispanas fue su profunda renovación del
lenguaje. Tanto así, que los autores latinoamericanos por primera vez influían en los peninsulares y les marcaban la pauta, en lo que se conoció como “La vuelta de las carabelas”.
De esta manera, los poemas modernistas tendían al lenguaje culto, a valorar los temas americanos e indígenas, pero al mismo tiempo profesaban una devoción por París y por la cultura cosmopolita, así como por la mujer y el amor idealizado.
Sin embargo, en sus versos se puede percibir la desazón característica del romanticismo, su angustia y profunda melancolía. A menudo se acusó a sus poemas de ser escapistas, de rechazar la sociedad y preferir la fantasía.
El inicio del modernismo se suele ubicar en 1888 con la publicación del poemario Azul… del poeta nicaragüense Rubén Darío, cuya repercusión en la literatura hispana fue gigantesco. Inicialmente, el término con que se designó
a los seguidores de esta corriente (“modernistas”) fue empleado peyorativamente, pero a medida que fue esgrimido con orgullo insolente por estos poetas, terminó convirtiéndose en el nombre del movimiento.
Los iniciadores del Modernismo, Casal y Martí entre ellos, también escriben prosa, y algunos narraciones. El más dotado narrador modernista, sin embargo, con Gutiérrez Nájera, es Rubén Darío, colaborador a varios periódicos y revistas. El valor y el significado
revolucionario de su poesía ha dejado bastante en la sombra su prosa creativa. Cuentos aparecen ya en Azul (1888): breves, elegantes tersos, perfectamente construidos. Su entusiasmo por Edgar Allan Poe lo lleva pronto a la investigación del
drama y el misterio, a la creación de atmósferas de gran intensidad fantástica. Como él, el argentino Leopoldo Lugones cultivará y desarrollará esta tendencia, logrando resultados de intenso suspenso en Las
fuerzas extrañas (1906), donde lo fantástico se mezcla con elementos precursores del relato de ciencia-ficción. La tensión para captar dimensiones y presencias que viven más allá de la realidad y de la percepción humana califica a Lugones, no menos
que a Darío, como curioso de conocimientos secretos más allá de la superficie de lo real. La prosa de Lugones resulta más tensa, más capaz de comunicar una expectativa dramática; la de Darío es más suave, más fina, delicada, abierta a palpitantes
sensaciones, menos vigorosa.
LeopoldoAntonioLugones (1874 -1938) fue un escritor modernista y polímata argentino. Fue a la vez narrador, poeta, periodista, historiador, bibliotecario,
pedagogo, docente, traductor, biógrafo, filólogo, teósofo, diplomático, político y simpatizante nacionalista. Fue Premio Nacional de Literatura en 1926 y principal exponente del modernismo argentino. En Argentina, la fecha de su nacimiento es considerada
el día del escritor.
Su obra poética es considerada como la inauguración en lengua castellana de toda la poesía moderna,1 además del inicio de todas las experiencias
y experimentos de la poética moderna en el idioma español.2 Fue el primer escritor en hacer uso del verso libre en la literatura
hispánica, y con sus cuentos se transformó en el precursor y en uno de los pioneros de la literatura fantástica y de la ciencia ficción en Argentina, además de haber sido uno de los primeros escritores de habla hispana en producir microrrelatos.
Como
buen modernista, siguiendo la línea que había trazado Rubén Darío u Horacio Quiroga, y Edgar Allan Poe antes de ellos, se sintió atraído por el relato fantástico, un género que cultivó y en el que se prefigura el realismo mágico de un Borges o un Cortázar.
La diferencia entre uno y otro empleo de la fantasía (la modernista y la del realismo mágico de la literatura del XX) radica en el creciente escepticismo filosófico del siglo XX. La postmodernidad llevó a un pensamiento relativista en el que cualquier
punto de vista está constantemente sujeto a revisión y a descrédito. Pero el modernismo marca quizá el último estertor de un pensamiento filosófico-mágico: la teosofía de Blavatsky, la magia de Crowley, el espiritismo con el que comulgaba Conan Doyle…
Este caldo de cultivo de la época fue el que propició toda una literatura fantástico-ocultista, como la que encontramos La lluvia de fuego (Evocación de un descarnado de Gomorra) .
Se sintió atraído por el simbolismo francés y la estética modernista de Darío. En 1906 publica Las fuerzas extrañas, volumen de narraciones breves en las que se incluye La lluvia de fuego. Este relato es una crónica en primera
persona del fin del mundo, un ejercicio de estilo decadente ambientado en un paisaje y tiempo exótico, como el modernismo demandaba. Su lenguaje es deslumbrantemente modernista, pulido como una perla, melódico como una lira.
Lugones comenzó
su actividad literaria y política en la ciudad de Córdoba, con su incursión como periodista en la publicación considerada atea y anarquista. Posteriormente, experimentaría fuertes virajes ideológicos a lo largo de su vida: pasó por el socialismo, el liberalismo,
el conservadurismo y el fascismo. Sus intereses intelectuales lo llevaron por el ocultismo, la teosofía, la ciencia, el arte o la filosofía.
En Buenos Aires conoció a Rubén Darío, quien tuvo una importante influencia en su obra. En 1905 publicó Los crepúsculos del jardín, obra cercana al modernismo y que recogía las tendencias de la literatura francesa, en particular el simbolismo.
Experimentó con cuentos de misterio en 1906 con su obra Las fuerzas extrañas, que muestra su afición al ocultismo y a las ideas teosóficas.
El 18 de febrero de 1938 Lugones se quitó la vida al ingerir cianuro de potasio mezclado con whisky. Pese a que en la nota que dejó pidió ser enterrado en tierra sin cajón y sin ninguna señalización de su sepultura, y prohibió darle su nombre a sitios
públicos, fue velado en su domicilio y sepultado en el cementerio.
Horacio Quiroga
Horacio Silvestre Quiroga Forteza (Uruguay, 1878-Buenos Aires, Argentina, 1937) fue un cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo. Fue uno de los maestros del cuento latinoamericano, de prosa vívida, naturalista y modernista. Sus relatos
a menudo retratan a la naturaleza con rasgos temibles y horrorosos, como enemiga de las circunstancias del ser humano. Ha sido comparado con el escritor estadounidense Edgar Allan Poe.
Su padre falleció cuando él contaba con tan solo dos meses, cuando, tras una jornada de caza, al bajar de una embarcación se le disparó accidentalmente la escopeta delante de su mejor amigo, quien lo recibía con los brazos.
Hizo sus estudios en Montevideo, capital de Uruguay. Desde muy joven demostró interés por la literatura, la química, la fotografía, la mecánica, el ciclismo y la vida de campo. Simultáneamente trabajaba, estudiaba y colaboraba con diversas publicaciones.
En
1891, su madre se casó con Mario Barcos quien, cinco años más tarde, sufrió un derrame cerebral que lo dejó semiparalizado y mudo. Entonces se suicidó disparándose en la boca con una escopeta manejada con el pie justo cuando Quiroga, de 18 años, entraba
en la habitación. Durante el carnaval de 1898, conoció a su primer amor, María Esther Jurkovski, quien le inspiraría dos importantes obras, pero los desencuentros provocados por los padres de la joven, que reprobaban la relación, los llevó a separarse.Desde
entonces, todos los amores de Quiroga se llamaron María.
Después del suicidio de su padrastro, decidió invertir la herencia recibida en un viaje a París.Sin embargo, las cosas no salieron como había planeado: el mismo joven que había partido de Montevideo en primera clase regresó en tercera,
andrajoso, hambriento y con una barba negra a la cual ya nunca más renunciaría. Resumió sus recuerdos de esta experiencia en Diario de un viaje a París (1900).8
Al volver a su país natal, Quiroga fundó una especie de laboratorio literario experimental donde todos probarían nuevas formas de expresarse según las ideas modernistas. Pese a su corta existencia, el Consistorio presidió la vida literaria
de Montevideo. La alegría que le provocó la aparición de su primer libro (Los arrecifes de coral) se vio opacada por la muerte de dos de sus hermanos, Prudencio y Pastora, víctimas de la fiebre tifoidea en el Chaco.
Ese mismo año,
su amigo Federico Ferrando —quien había recibido malas críticas del periodista montevideano Germán Papini Zas—, comunicó a Quiroga que deseaba batirse en duelo con aquel. Horacio, preocupado por la seguridad de Ferrando, se ofreció a revisar y limpiar
el revólver que iba a ser utilizado en la disputa. Pero mientras inspeccionaba el arma, se le escapó un disparo que impactó en la boca de Federico, matándolo instantáneamente. Llegada al lugar la policía, Quiroga fue detenido, sometido a interrogatorio
y posteriormente trasladado a una cárcel correccional. Al comprobarse la naturaleza accidental del homicidio, el escritor fue liberado tras cuatro días de reclusión.
La culpa por la muerte de su compañero literario llevó a Quiroga a la Argentina, donde el artista alcanzaría la madurez profesional, que llegaría a su punto culminante durante
sus estancias en la selva. En 1903 Quiroga quiso acompañar como fotógrafo a Leopoldo Lugones en una expedición a Misiones, financiada por el Ministerio de Educación.
Al regresar a Buenos Aires Quiroga abrazó la narración breve, con relatos fuertemente influidos por el estilo de Edgar Allan Poe. Durante dos años trabajó en varios
cuentos, entre ellos de terror rural e historias para niños, pobladas de animales que hablan y piensan sin perder las características naturales de su especie. A esta época pertenecen la novela breve Los perseguidos (1905) —producto del
viaje con Leopoldo Lugones por la selva misionera hasta la frontera con Brasil— y El almohadón de pluma. Quiroga se convirtió en un escritor seguido por
miles de lectores.
En 1906 Quiroga decidió volver a su amada selva. Compró una chacra de 185 hectáreas en la provincia de Misiones, sobre la orilla del Alto Paraná, y comenzó a hacer los preparativos destinados a vivir allí, mientras enseñaba Castellano y Literatura. Enamorado de una de sus alumnas —la adolescente Ana María Cires—, le dedicó su primera novela, titulada
Historia de un amor turbio. Quiroga insistió en la relación frente a la oposición de los padres de la alumna y por fin obtuvo el permiso
para casarse y llevarla a vivir a Misiones con él. Los suegros de Quiroga, preocupados por los riesgos de la vida salvaje, siguieron al matrimonio y se trasladaron a Misiones con su hija y yerno. Así pues, el padre de Ana María, su madre y una
amiga de esta se instalaron en una casa cercana a la vivienda del matrimonio Quiroga.
Un año después, en 1911, Ana María dio a luz a su primera hija, Eglé Quiroga, en su casa en la selva. Durante ese mismo año, el escritor comenzó la explotación de sus yerbatales en sociedad con su amigo uruguayo Vicente Gozalbo y, al mismo tiempo, fue nombrado juez de paz (funcionario encargado de mediar en disputas menores entre ciudadanos privados y celebrar matrimonios, emitir certificados de defunción, etcétera) en
el Registro Civil de San Ignacio.
Al año siguiente nació su hijo menor, Darío. En cuanto los niños aprendieron a caminar, Quiroga decidió ocuparse personalmente de su educación. Desde muy pequeños, los acostumbró al monte y a la selva, exponiéndolos a menudo —midiendo siempre los
riesgos— al peligro, para que fueran capaces de desenvolverse solos y de salir de cualquier situación. Fue capaz de dejarlos solos en la jungla por la noche o de obligarlos a sentarse al borde de un alto acantilado con las piernas colgando en
el vacío. El varón y la niña, sin embargo, no se negaban a estas experiencias —que aterrorizaban y exasperaban a su madre—, sino que las disfrutaban. La hija aprendió a criar animales silvestres y el niño a usar la escopeta, manejar una moto y navegar, solo, en una canoa.
Regreso a Buenos Aires
Ana María Cires (1890-1915) se suicidó ingiriendo un sublimado empleado en el revelado fotográfico, que le provocó una agonía de ocho días en que fue atendida por Horacio. Muy afectado, apenas volvería a mencionar a su primera esposa.12
13 Tras el suicidio de su joven cónyuge, Quiroga se trasladó con sus hijos a Buenos Aires, donde recibió un cargo de secretario contador en el Consulado General uruguayo
en esa ciudad, tras arduas gestiones de unos amigos orientales que deseaban matarlo para liberarlo.
A lo largo del año 1917 habitó con los niños en un sótano de la avenida Canning (hoy Raúl Scalabrini Ortiz) 164, alternando sus labores diplomáticas con la instalación de un taller en su vivienda y el trabajo en muchos relatos, que iban siendo publicados
en prestigiosas revistas como las ya mencionadas, «P.B.T.» y «Pulgarcito». La mayoría de ellos fueron recopilados por Quiroga en varios libros, el primero de los cuales fue Cuentos de amor de locura y de muerte (1917).14
La redacción del libro le había sido solicitada por el escritor Manuel Gálvez —responsable de Cooperativa Editorial de Buenos Aires—, y el volumen se convirtió
de inmediato en un enorme éxito de público y de crítica, y consolidó a Quiroga como el verdadero maestro del cuento latinoamericano.
14
Al año siguiente se estableció en un pequeño departamento de la calle Agüero, al tiempo que apareció su celebrado Cuentos de la selva —colección de relatos infantiles protagonizados por animales y ambientados en la selva misionera—. Quiroga
dedicó este libro a sus hijos, que lo acompañaron durante ese período de pobreza en el húmedo sótano de dos pequeñas habitaciones y cocina-comedor.
Con dos importantes ascensos en el escalafón consular (primero a cónsul de distrito de segunda clase y luego a cónsul adscrito) llegó también su nuevo libro de cuentos, El salvaje (1919). Al año siguiente, siguiendo la idea del Consistorio,
fundó Quiroga la «Agrupación Anaconda», un grupo de intelectuales que realizaba actividades culturales en Argentina y Uruguay. Su única obra teatral (Las sacrificadas) se publicó en 1920 y se estrenó en 1921, año en que salía a la venta
Anaconda y otros cuentos, otro libro de cuentos. El diario argentino La Nación comenzó también a publicar sus relatos, que a estas
alturas gozaban ya de popularidad. Colaboró también en La Novela Semanal. Entre 1922 y 1924, Quiroga participó como secretario de una embajada cultural a Brasil (cuya Academia
de Letras lo distinguió especialmente) y, de regreso, vio publicado su nuevo libro: El desierto.
Por mucho tiempo el escritor se dedicó a la crítica cinematográfica, teniendo a su cargo la sección correspondiente de las revistas Atlántida, El Hogar y La Nación. También escribió el guion para un largometraje (La jangada florida)
el cual jamás llegó a filmarse. Poco tiempo después, fue invitado a formar una Escuela de Cinematografía. El proyecto, financiado por inversionistas rusos y que contaría con la inclusión de Arturo S. Mom, Gerchunoff y otros, no prosperó.
Regreso a Misiones
Poco después, Horacio regresó a Misiones. Esta vez nuevamente enamorado, esta vez era de una joven de 17 años, Ana María Palacio. Quiroga intentó convencer a los padres de que la dejasen ir a vivir con él a la selva. La negativa de estos y el consiguiente
fracaso amoroso inspiró el tema de su segunda novela, Pasado amor, publicada en 1929. Finalmente, cansados ya del pretendiente, los padres de la joven la llevaron lejos y Quiroga
se vio obligado a renunciar a su amor. En una parte de su vivienda, Horacio instaló un taller en el que comenzó a construir una embarcación a la que bautizaría «Gaviota». En su casa —ahora convertida en astillero— fue capaz de concluir esta obra
y, puesta ya en el agua, la pilotó río abajo desde San Ignacio hasta Buenos Aires y realizó con ella numerosas expediciones fluviales.
Segundo matrimonio
Quiroga junto a su segunda esposa, María Elena Bravo, en Misiones (1932).
A principios de 1926 Quiroga volvió a Buenos Aires y alquiló una quinta en el partido suburbano de Vicente López. En la cúspide misma de su popularidad,
una importante editorial le dedicó un homenaje, del que participaron, entre otros, figuras literarias como Arturo Capdevila, Baldomero Fernández Moreno, Benito Lynch, Juana de Ibarbourou,
Armando Donoso y Luis Franco. Amante de la música clásica, Quiroga asistía con frecuencia
a los conciertos de la Asociación Wagneriana, afición que alternó con la lectura incansable de textos técnicos y manuales sobre mecánica, física y artes manuales.
Para 1927 Horacio había decidido criar y domesticar animales salvajes, mientras publicaba su nuevo libro de cuentos, Los desterrados, que es considerado el
más logrado.15 Quiroga ya había fijado los ojos en quien sería su último y definitivo amor: María Elena Bravo, compañera de escuela de su hija
Eglé, que sucumbió a sus reclamos y se casó con él en el curso de ese mismo año sin siquiera haber cumplido veinte años.
Amistades
Además de los ya mencionados Leopoldo Lugones y José Enrique Rodó,
el labor de Quiroga en el ámbito literario y cultural le granjeó la amistad y admiración de grandes e influyentes personalidades. De entre ellos se destacan la poeta argentina Alfonsina Storni y el escritor e historiador Ezequiel Martínez Estrada. Quiroga llamaba cariñosamente a este último «mi hermano menor».16
Caras y Caretas, mientras tanto, publicó diecisiete artículos biográficos escritos por Quiroga, dedicados a personajes como Robert Scott, Luis Pasteur, Robert Fulton, H. G. Wells, Thomas de Quincey y otros. En 1929 Quiroga experimentó su único fracaso de ventas: la ya citada novela Pasado amor, que solo vendió en las librerías la exigua cantidad de cuarenta ejemplares. A la vez que comenzó
a tener graves problemas conyugales.
Último regreso a Misiones
Taller de Quiroga.
A partir de 1932 Quiroga se radicó por última vez en Misiones, en el que sería su retiro definitivo, con su esposa y su tercera hija (María «Pitoca» Helena). Para ello, y no teniendo otros medios de vida, consiguió que se promulgase un decreto trasladando
su cargo consular a una ciudad cercana. Los celos dominaban a Quiroga, quien pensó que en medio de la selva podría vivir tranquilo con su mujer y la hija de su segundo matrimonio.
Pero un avatar político provocó un cambio de gobierno, que no quiso los servicios del escritor y lo expulsó del consulado. Algunos amigos de Horacio, como el escritor salteño Enrique Amorim,
tramitaron la jubilación argentina para Quiroga. Comenzando a partir de este problema, el intercambio epistolar entre Quiroga y Amorím se hizo numeroso. Las cartas que se conservan demuestran que Horacio hacía partícipe a su confidente de la mayor
parte de sus problemas —casi todos de índole íntima y familiar—, pidiéndole consejos y ayuda: a la mujer de Quiroga —al igual que su infortunada antecesora— no le gustaba la vida en el monte y las peleas y violentas discusiones se volvieron diarias
y permanentes.
En esta época salió a la venta una colección de cuentos ya publicados titulada Más allá (1935). A partir de su interés en las obras de Munthe e Ibsen, Quiroga se decantó por nuevos autores y estilos, y comenzó a planear su autobiografía.
Enfermedad
En 1935 Quiroga comenzó a experimentar molestos síntomas, aparentemente vinculados con una prostatitis u otra enfermedad prostática. Las gestiones de sus amigos dieron frutos
al año siguiente, concediéndosele una jubilación. Al intensificarse los dolores y dificultades para orinar, su esposa logró convencerle de trasladarse a Posadas, ciudad en la
cual los médicos le diagnosticaron hipertrofia de próstata. Pero los problemas familiares de Quiroga continuarían: su esposa e hija lo abandonaron definitivamente, dejándole —solo y enfermo— en la selva de Misiones. Ellas volvieron a Buenos Aires,
y el ánimo del escritor decayó completamente ante esta grave pérdida. Quiroga escribió en una carta a Martínez Estrada: "Cuando consideré que había cumplido mi obra -es decir que había dado de mí todo lo más fuerte- comencé a ver la muerte de
otro modo. Algunos dolores, inquietudes, desengaños, acentuaron esa visión. Y hoy no temo a la muerte amigo, porque ella significa descanso".17
Cuando el estado de la enfermedad prostática hizo que no pudiese aguantar más, Horacio viajó a Buenos Aires para que los médicos tratasen sus padecimientos. Internado en el prestigioso Hospital de Clínicas de Buenos Aires a principios de 1937, una cirugía exploratoria reveló que sufría de un caso avanzado de cáncer de próstata, intratable e inoperable.18
María Elena estuvo a su lado en los últimos momentos, así como gran parte de su numeroso grupo de amigos.
Por la tarde del 18 de febrero una junta de médicos explicó al literato la gravedad de su estado. Algo más tarde Quiroga pidió permiso para salir del hospital, lo que le fue concedido, y pudo así dar un largo paseo por la ciudad. Regresó al hospital
a las 23:00. Al ser internado Quiroga, se había enterado de que en los sótanos se encontraba encerrado un monstruo: un desventurado paciente con espantosas deformidades similares a las del tristemente célebre inglés Joseph Merrick (el «Hombre Elefante»). Compadecido, Quiroga exigió y logró que el paciente —llamado Vicente Batistessa— fuera libertado de su encierro y se le alojara en la misma habitación donde estaba internado el
escritor. Como era de esperar, Batistessa se hizo amigo y rindió adoración eterna y un gran agradecimiento al gran cuentista, por su gran gesto humano.
Suicidio
Desesperado por los sufrimientos presentes y por venir, y comprendiendo que su vida había acabado19, Horacio Quiroga confió a Batistessa su decisión:
se anticiparía al cáncer y abreviaría su dolor, a lo que el otro se comprometió a ayudarle. Esa misma madrugada y en presencia de su amigo, Horacio Quiroga bebió un vaso de cianuro que lo mató en pocos minutos.20
2122 "Es una muerte que nace desde dentro,
que a pesar de la forma que asume...no es sino la culminación natural de esa vida. Una muerte a la medida del hombre que fue Quiroga". 23 Su
cadáver fue velado en la Casa del Teatro de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) que lo contó como fundador y vicepresidente.
Tiempo después, sus restos fueron repatriados a su país natal. Uno de los deseos de Quiroga era que cuando muriera su cuerpo fuera cremado y sus cenizas esparcidas en la selva misionera.
Como sus familiares y amigos añoraban su regreso a Salto, resolvieron buscar algo que fuera simbólico y por eso decidieron hacer la urna en algarrobo y así se lo pidieron al escultor ruso Stepán Erzia.
Erzia estuvo veinticuatro horas trabajando en esta pieza que se encuentra en el Museo Casa Quiroga en Salto, Uruguay.
Sus dos hijos mayores también se suicidaron.
5. La poesía
Mario Benedetti
Mario Benedetti Farrugia (Tacuarembó, 1920 - Montevideo, Uruguay; 2009) es un escritor, poeta, dramaturgo y periodista uruguayo que ha marcado a varias generaciones a través de sus letras. Fue, sin duda, un escritor polémico. Sus posiciones
políticas le provocarían una vida de exilio y permanente movilización.
Su obra literaria, especialmente su poesía, se convertiría en una referencia fundamental. Sus temas, como en todo poeta, pasarían por el amor, la naturaleza de la existencia humana y la política, entre muchos otros. Su prolífica producción literaria incluyó
más de ochenta libros, algunos de los cuales fueron traducidos a más de veinte idiomas. En su testamento dejó creada la Fundación Mario Benedetti, para preservar su obra y apoyar la literatura y la lucha por los derechos humanos en Uruguay (en especial
el esclarecimiento del paradero de los detenidos desaparecidos de ese país).
Viceversa
Después de la espera, la ansiedad por el encuentro se vuelve un amasijo de emociones. La expectativa generada por el posible encuentro se vuelve pregunta, y cada pregunta recorre la geografía de un corazón inquieto. Lo que domina a la voz lírica en la
confusión. El miedo tiene su contracara: la esperanza... o viceversa.
Tengo miedo de verte necesidad de verte esperanza de verte desazones de verte
tengo ganas de hallarte preocupación de hallarte certidumbre de hallarte pobres dudas de hallarte
tengo urgencia de oírte alegría
de oírte buena suerte de oírte y temores de oírte
o sea resumiendo
estoy jodido y radiante
quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa.
Te quiero
Este quizá es el poema más célebre de Mario Benedetti. No solo ha sido leído por muchos, sino que ha dado pie a las más hermosas canciones del repertorio latinoamericano. Benedetti repasa las razones de su amor, que no se limita al hechizo inconsciente.
Es un amor que mira el corazón del otro, y examina las fibras de su compromiso, ética y capacidad amorosa universal. Amante y amada se encuentran en las luchas de la vida, comparten sus esfuerzos, miran y aman a su país. Es un amor que no se contenta
con mundo interno, sino que se expande en la pertenencia a un todo.
Tus manos son mi caricia mis acordes cotidianos te quiero porque tus manos trabajan por la justicia
si te quiero es porque sos mi amor mi cómplice y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos
tus ojos son mi conjuro contra la mala jornada te quiero por tu mirada que mira y siembra futuro
tu boca que es tuya y mía tu boca no se equivoca te quiero porque tu boca sabe gritar rebeldía
si te
quiero es porque sos mi amor mi cómplice y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos
y por tu rostro sincero y tu paso vagabundo y tu llanto por el mundo porque sos pueblo te quiero
y
porque amor no es aureola ni cándida moraleja y porque somos pareja que sabe que no está sola
te quiero en mi paraíso es decir que en mi país la gente viva feliz aunque no tenga permiso
si te quiero
es porque sos mi amor mi cómplice y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos.
Táctica y estrategia
El enamorado describe sus métodos y pretensiones amorosas en este poema, como si de una campaña militar se tratase. Desgrana dos conceptos: táctica y estrategia. El amor es un campo de batalla, la única batalla digna de ser vivida y celebrada. Como amante,
la voz del sujeto lírico tiene un objetivo: llegar a ser necesitado por la amada.
Mi táctica es mirarte
aprender como sos quererte como sos
mi táctica es hablarte
y escucharte construir con palabras un puente indestructible
mi táctica es quedarme en tu recuerdo no sé cómo ni sé con qué pretexto pero quedarme en vos
mi táctica es ser franco y saber
que sos franca y que no nos vendamos simulacros
para que entre los dos no haya telón ni abismos
mi estrategia es en cambio más profunda y más simple
mi estrategia es que un día cualquiera no sé cómo ni sé con qué pretexto por fin me necesites.
Pablo Neruda
Pablo Neruda, seudónimo y posterior nombre legal de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto (Parral, 1904-Santiago, 1973), fue un poeta y político chileno, considerado entre los más destacados e influyentes artistas de
su siglo; además de haber sido senador de la república chilena, miembro del Comité Central del Partido Comunista (PC), precandidato a la presidencia de su país, embajador en Francia y ganador del Premio Nobel de Literatura.
El escritor Gabriel García Márquez se refirió a él como «el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma» y el crítico literario Harold Bloom lo considera uno de los veintiséis autores centrales del canon de la literatura occidental de todos los
tiempos.
Hijo de clase obrera, Neruda comenzó sus estudios de pedagogía del francés, aunque no tenía gran interés en la pedagogía, pero le interesaba leer la poesía en esa lengua. El entorno natural de Temuco, donde vivió varios años, con
sus bosques, lagos, ríos y montañas marcaron el mundo poético de Neruda.
A los trece años comenzó a publicar sus primeros artículos y poemas, y en 1921 llegaron sus primeros premios literarios. En 1920 conoció a Gabriela Mistral, quien <<me hizo leer los primeros grandes nombres de la literatura rusa que tanta influencia
tuvieron sobre mí». En 1920 comenzó a firmar definitivamente sus trabajos con el seudónimo de Pablo Neruda, esencialmente con el propósito de evitar el malestar del padre por tener un hijo poeta.
En 1924 salió a luz su famoso Veinte poemas de amor y una canción desesperada, donde todavía se nota una influencia del modernismo. Posteriormente, se manifestó un propósito de renovación formal, de intención vanguardista.
En 1927 comenzó su larga carrera diplomática en Birmania. Luego fue cónsul en Sri Lanka, Java, Singapur, Buenos Aires —donde conoció a Federico García Lorca—, Barcelona —donde conoció a Rafael Alberti— y Madrid. Pregonó su concepción poética de entonces,
la que llamó «poesía impura», y experimentó el poderoso y liberador influjo del surrealismo.
En 1935 Manuel Altolaguirre le entregó a Neruda la dirección de la revista Caballo verde para la poesía, donde fue compañero de los poetas de la Generación del 27. Ese mismo año apareció la edición madrileña de Residencia en la tierra.
La guerra civil española estalló en 1936; conmovido por ella y por el asesinato de su amigo García Lorca, Neruda se comprometió con el movimiento de la Segunda República, primero en España y luego en Francia, donde comenzó a escribir España en el corazón (1937). Su poesía durante el período siguiente se caracterizó por una orientación política y social. Tras la guerra es nombrado cónsul especial para la inmigración española en París.
Su Canto General constituye (a juicio del propio Neruda) la parte central de su producción artística. Al poco tiempo de salir a luz, fue traducido a alrededor de diez idiomas. Casi todos los poemas que lo componen fueron creados en circunstancias
particularmente difíciles, cuando Neruda vivía en la clandestinidad ya que como miembro del Partido Comunista de Chile era perseguido y acusado de «infringir la Ley de Seguridad Interior del Estado e injuriar al presidente González Videla», quien
había desencadenado una represión contra los trabajadores mineros en huelga. Neruda se transformó en el más fuerte antagonista del presidente, dictando discursos en el Senado y publicando artículos contra el Gobierno, al que acusó de corrupción
y de colaboración con el nazismo.
Vivió por ello la clandestinidad y, después, el exilio en París, desde donde emprende numerosos viajes: Checoeslovaquia, Unión Soviética, Polonia, Hungría, México, Rumania, India, Italia, Francia, República
Democrática Alemana (RDA), Guatemala. Recibió junto con Picasso y otros el Premio Internacional de la Paz y el Premio Stalin de la Paz.
Durante su exilio europeo vivió en Capri y Nápoles. En 1952 pudo regresar a Chile, donde dejó de ser perseguido y fue recibido con varios actos públicos. En 1962 se le otorgó la calidad de miembro académico "en reconocimiento a su vasta labor poética
de categoría universal". En 1965 recibió el título de doctor honoris causa en la Universidad de Oxford.
En 1969 fue nombrado miembro honorario de la Academia Chilena de la Lengua y el Partido Comunista lo eligió precandidato, pero renunció en favor de Salvador Allende, que se convirtió en el candidato único de la Unidad Popular. El gobierno de Allende
lo designó embajador en Francia.
Tras la publicación de Canto general (1950), Los versos del capitán (1952), Las uvas y el viento (1954) y Odas elementales (1954), recibió el premio Nobel de Literatura en 1971 «por una poesía que con la acción
de una fuerza elemental da vida al destino y los sueños de un continente». Todo Chile lo celebró con entusiasmo.
Después del golpe militar del 11 de septiembre su salud se agravó y el 19 fue trasladado de urgencia desde su casa de Isla Negra a Santiago, donde murió en la Clínica Santa María a las 22:30 del 23 de septiembre. La casa de Neruda en Santiago fue saqueada
después del golpe encabezado por el general Augusto Pinochet y sus libros, incendiados. Al cementerio acudieron los miembros de la directiva del Partido Comunista, aunque los asistentes estaban rodeados de soldados armados de ametralladoras. Después
del funeral, muchos de los asistentes que no pudieron huir acabaron engrosando las listas de desaparecidos por la dictadura.
Veinte poemas de amor y una canción desesperada
Poema 1
Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos, te pareces al mundo en tu actitud de entrega. Mi cuerpo de labriego salvaje te socava y hace saltar el hijo del fondo de la tierra. Fui solo como un túnel. De mí huían los pájaros y en mí la noche entraba su invasión poderosa.
Para sobrevivirme te forjé como un arma, como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda. Pero cae la hora de la venganza, y te amo. Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme. Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia! Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste! Cuerpo de mujer mía, persistirá en tu gracia. Mi sed, mi ansia sin limite, mi camino indeciso! Oscuros cauces donde la sed eterna sigue, y la fatiga sigue, y el dolor infinito.
Poema 6
Te recuerdo como eras en el último otoño. Eras la boina gris y el corazón en calma. En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo Y las hojas caían en el agua de tu alma. Apegada a mis brazos como una enredadera. las hojas recogían tu voz lenta y en calma. Hoguera de estupor en que mi sed ardía. Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma. Siento viajar tus ojos y es distante el otoño: boina gris, voz de pájaro y corazón de casa hacia donde emigraban mis profundos anhelos y caían mis besos alegres como brasas. Cielo desde un navío. Campo desde los cerros. Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma! Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos. Hojas secas de otoño giraban en tu alma.
Poema 7
INCLINADO en las tardes tiro mis tristes redes a tus ojos oceánicos. Allí se estira y arde en la más alta hoguera mi soledad que da vueltas los brazos como un náufrago. Hago rojas señales sobre tus ojos ausentes que olean como el mar a la orilla de un faro. Solo guardas tinieblas, hembra distante y mía, de tu mirada emerge a veces la costa del espanto. Inclinado en las tardes echo mis tristes redes a ese mar que sacude tus ojos oceánicos. Los pájaros nocturnos picotean las primeras estrellas que centellean como mi alma cuando te amo. Galopa la noche en su yegua sombría desparramando espigas azules sobre el campo.
Poema 15
Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Parece que los ojos se te hubieran volado y parece que un beso te cerrara la boca. Como todas las cosas están llenas de mi alma emerges de las cosas, llena del alma mía. Mariposa de sueño, te pareces a mi alma, y te pareces a la palabra melancolía; Me gustas cuando callas y estás como distante. Y estás como quejándote, mariposa en arrullo. Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza: déjame que me calle con el silencio tuyo. Déjame que te hable también con tu silencio claro como una lámpara, simple como un anillo. Eres como la noche, callada y constelada. Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo. Me gustas cuando callas porque estás como ausente. Distante y dolorosa como si hubieras muerto. Una palabra entonces, una sonrisa bastan. Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto. Poema 20
Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: "La noche esta estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos". El viento de la noche gira en el cielo y canta. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo la quise, y a veces ella también me quiso. En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. La besé tantas veces bajo el cielo infinito. Ella me quiso, a veces yo también la quería. Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. La noche está estrellada y ella no está conmigo. Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca. Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
La Canción Desesperada
Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy. El río anuda al mar su lamento obstinado. Abandonado como los muelles en el alba. Es la hora de partir, oh abandonado! Sobre mi corazón llueven frías corolas. Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos! En ti se acumularon las guerras y los vuelos. De ti alzaron las alas los pájaros del canto. Todo te lo tragaste, como la lejanía. Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio ! Era la alegre hora del asalto y el beso. La hora del estupor que ardía como un faro. Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego, turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio!
En la infancia de niebla mi alma alada y herida. Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!
Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo. Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio!
Hice retroceder la muralla de sombra. anduve más allá del deseo y del acto. Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí, a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto. [...] Era la negra, negra soledad de las islas, y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos. Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta. Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro. [...] Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas, aún los racimos arden picoteados de pájaros. Oh la boca mordida, oh los besados miembros, oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados. Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo en que nos anudamos y nos desesperamos. Y la ternura, leve como el agua y la harina. Y la palabra apenas comenzada en los labios. Ese fue mi destino y en él viajó mi anhelo, y en el cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio!
Oh sentina de escombros, en ti todo caía, qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron. De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste de pie como un marino en la proa de un barco. Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes. Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo. Pálido buzo ciego, desventurado hondero, descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!
Es la hora de partir, la dura y fría hora que la noche sujeta a todo horario. El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa. Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros. Abandonado como los muelles en el alba. Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos. Ah más allá de todo. Ah más allá de todo. Es la hora de partir. Oh abandonado.
“Lo que no puedas decir con claridad es que no lo sabes. Con el pensamiento nace la palabra en los labios del hombre: lo dicho oscuramente es lo pensado oscuramente.” (Esaias Tegnér, 1820)
Imagen del manuscrito original del Poema de Mío Cid. Por cierto: es la única página con una ilustración. ¿Sabríais decir por qué?
“...que, habiendo viajado por todos los lugares del mundo, no hallé sitio comparable a éste: por su amplitud de cielo, limpieza de aire y alcance de vistas…” Cita de Benito Arias Montano sobre Alájar.