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lunes, 19 de diciembre de 2016

Algunos textos

Dentro del velo me escondo ante el mundo,
Como una carcel de tela,
No sueña sino vela,
Una mujer guerrera.
Kalel a la que todos llaman,
Por su tristeza en la mirada,
En toda Arabia conocida
Por hacer lo que el hombre diga.
La mujer en el mundo sin voz,
En la zona de Arabia en prisión,
Y sentada en silencio en el sillón,
Espera cansada y precoz
Y ve la mujer la luz,
Camellos a un lado, al otro criadas,
Pensando triste la posible escapada.
Cinco presas
Hemos hecho
A despecho
Del querer
Y han vencido
Sus maridos
Cinco esposas
A sus pies.
Salvate mujer fuerte,
Sin temor,
Que tienes que ser valiente.

Andrea García Díaz, Sonia Canterla Gayarre y Carolina Ruiz Alvarez. 4° B

 

 

Maribel Moya Márquez

LA SONRISA TORCIDA



Ana llegó a casa del colegio, como todos los días, sonriente y feliz. Era una niña aplicada, generosa y buena con sus compañeros. Alta, con una larga melena pelirroja y unos enormes ojos verdes, era una muñeca. Para Ana, la vida fuera de casa era muy distinta a la vida dentro de ella. Su madre murió cuando ella era pequeña y su padre, devastado por el dolor, se marchó un día y no volvieron a saber de él.
Ana vivía con su tía, una hermana mayor de su madre. Águeda, que así se llamaba su tía, era un señora desagradable, tosca, ruda y muy fría. Siempre llevaba su larga melena negra recogida en una trenza que le caía sobre el hombro izquierdo. Sus ojos eran de un color amarillento, daba mucho miedo mirarla, jamás sonreía.
Para Águeda, Ana era una carga, una niña a la que no quería, de la que solo esperaba el dinero de su orfandad a primero de mes, era lo único que le interesaba de la niña. Ana soñaba con que su tía la quería, esperaba ansiosa que por las mañanas, la esperara con el desayuno preparado, pero no... la realidad de Ana era muy diferente.
En cuanto llegaba del colegio, tenía que hacer todas las tareas de la casa, preparar comida, encargarse de la ropa, compras.. absolutamente todo recaía sobre los jóvenes hombros de una niña de 12 años. A todo esto hay que añadir el trato vejatorio al que era sometida la niña, su tia la insultaba, la amenazaba y se reía de la situación de la niña. Le recordaba continuamente que su madre murió y la culpaba por ello. En referencia a su padre, le decía que era un hombre inútil, que no supo cuidar de su mujer y que se marchó porque odiaba a Ana.

Ana vivía recluida en su habitación, temerosa de las vejaciones de su tía. Miedosa de que su tía entrara en su cuarto, donde ella era únicamente feliz en esa casa. Nunca podía salir a jugar ya que Águeda no la dejaba salir. Iba al colegio porque la seguridad social le había mandado una carta donde ponía que si quería cobrar la paga por cuidar la niña tenía que llevarla al colegio.
 

Un día mientras limpiaba la casa se le rompió una taza y su tía con esa ronca y tosca voz gritó:

-¡Ana! ¿Qué has hecho?

-Nada tía, solo se rompió una taza.

-¡Te he dicho mil veces que no me llames tía! Tú no eres nada para mí.

Ana había escuchado ese comentario tantas veces pero le seguía doliendo como el primer  día.

-¿No habrá sido una taza del juego tan caro? -Dijo Águeda con furia.

-Si señorita Águeda, lo siento.

-¿¡Como que lo sientes!? No niña, tú me lo vas a pagar. Ven aquí que te vas a enterar de lo que es bueno.

La cogió por los pelos y la tiro contra la pared.

-Por favor tía, se lo pagaré.- Dijo Ana con la voz rota de miedo.

-¿Con qué dinero? ¿Con el de tus padres? ¡Ja! Están muertos, mocosa.- dijo Águeda riéndose de ella. -¡Y no llames tía!

-Pero mi papá esta vivo...

-Tu padre murió una semana después de abandonarte.

-¿Qué?-Preguntó Ana sorprendida.-No, no, eso es mentira...

-Mira mocosa ¿crees que yo me inventaría esa mentira?

Eso era verdad, Águeda nunca mentía y le decía todo lo que pensaba. Por culpa de eso había recibido tantos insultos por parte de su tía.

-¡Me lo vas a pagar maldita niña!.-Grito Águeda enfurecida.

La volvió a golpear, aunque esta vez, no controló su fuerza y la niña se rompió un brazo. Ana, paralizada por el miedo, salió corriendo escaleras abajo, intentando escapar de la furia de su tía.
Gritaba auxilio, como tantas veces lo había hecho... Esta vez si que la escucharon. Un matrimonio de ancianos que paseaba por el vecindario salió al encuentro de la niña, que huía despavorida de su casa. La abrazaron, lloró, esperaron a que se calmara y luego, la llevaron a comisaría a denunciar lo que estaba sucediendo.

Esta historia de Ana, que todos podemos deducir que acabó bien para la niña, sucede a diario, en muchos hogares, en todos los países del mundo. Hoy hemos leído la de Ana, la mía propia, ya que al cabo de los años, con mucha ayuda, de la gran familia que me acogió, he logrado soltar todo lo que llevaba dentro. Ya no soy esa niña que sufría, mi vida ha cambiado, tengo mi familia, mis hijos, mi marido, soy feliz; aunque esa niña nunca me abandonará. Hoy has leído tú mi historia, quizás seas mañana el que la escribas, si es así, no tengas miedo, siempre habrá gente buena para ayudarte.

Ana

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